Bullpen #73. La Gran Biblioteca de la Verdad, Capítulo 4, parte 2.
Penúltima entregra.
Gracias a los que contestaron la encuesta la semana pasada!
Hoy se cierra el capítulo 4 y final. La proxima semana termina el relato con un epílogo especial para dar un giro que me gustaba.
Te dejo enlace a los capítulos anteriores por si quieres leer, repasar o compartir.
Capítulo 3, parte 1
Capítulo 3, parte 2
Capítulo 4, parte 1
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Anteriormente en La Gran Biblioteca de la Verdad
Pablo activa el dispositivo y viaja al pasado, siete horas prestadas antes de su desintegración molecular. Aterriza herido en el parque de su infancia con Clara, ahora convertido en campus universitario. Siguiendo la pista que le dio María, busca al profesor Navarro —quien no lo reconoce, desmontando la supuesta conexión temporal entre ambos—. Navarro le indica dónde encontrar a Clara. Pablo, indeciso sobre cómo advertirla sin destruirle la vida o acabar en el ala psiquiátrica, la ve aparecer al fin entre la multitud de estudiantes.
Capítulo 4, parte 2
Mi Clara, con su mochila colgada descuidadamente sobre un hombro, gesticulando con esa pasión que siempre había tenido para los temas que realmente le importaban. Estaba discutiendo animadamente con un joven sobre lo que parecía ser la interpretación de Copenhague versus la teoría de los mundos múltiples. Un tema ajeno a su carrera que siempre le había fascinado y que planeaba colar de algún modo en su tesis: los mundos múltiples contados desde la literatura, o algo así me explicó una vez. Una tesis que nunca llegaría a completar, a menos que yo cambiara algo hoy.
Al carajo el efecto mariposa.
Al carajo la sutileza.
Al carajo todo.
Mis piernas se movieron por voluntad propia, llevándome hacia ella como un imán invisible hubiera tomado control de mi sistema nervioso. Todos mis planes cuidadosos, todas mis consideraciones sobre las consecuencias temporales, se evaporaron en el instante en que volví a ver su rostro vivo, animado, lleno de esa luz que el tiempo me había arrebatado.
—¡Clara! —grité, corriendo hacia ella como un lunático desesperado, consciente de que cada persona en ese pasillo me estaba mirando como si fuera exactamente eso: un lunático desesperado.
Y junto a ella, como una sombra perfectamente calculada, había un joven. Su brazo rodeaba los hombros de Clara con esa casualidad tan ensayada que resulta inmediatamente sospechosa para cualquier padre que haya superado los cuarenta. Una chaqueta de cuero que parecía sacada de un catálogo titulado “Cómo parecer interesante sin realmente serlo” completaba el atuendo, junto con una postura estudiadamente despreocupada que probablemente había practicado frente al espejo. Adrián, se llamaba, según alcancé a oír. ¿Sería él? La pregunta me golpeó como un martillo en el estómago. ¿Era este joven de sonrisa demasiado perfecta y encanto demasiado pulido el responsable de lo que le pasaría a Clara? Su sonrisa se activaba mecánicamente cada vez que ella decía algo, fingiendo un interés en temas literarios que probablemente le resultaban tan fascinantes como observar el secado de pintura industrial. Era el tipo de actuación que cualquier escriba entrenado en detectar inconsistencias narrativas habría catalogado inmediatamente como “sospechosamente sobreactuada”. Pero quizás era solo paranoia paterna. Quizás era simplemente un estudiante normal que había tenido la mala fortuna de coincidir con la llegada de un padre temporal paranoico. Quizás mi cerebro, desesperado por encontrar un villano tangible, estaba proyectando malevolencia donde solo había hormonas adolescentes y ese arte refinado que practican los jóvenes de convertir cualquier conversación en un desastre de dimensiones épicas.
O quizás este cabrón era exactamente la razón por la que había viajado al pasado. Mi mente oscilaba entre la certeza y la duda con la misma estabilidad que un péndulo en un terremoto. La paranoia es una compañera fiel cuando sabes que tu hija morirá pronto: todo se convierte en sospechoso, una mirada demasiado larga, una sonrisa demasiado amplia, una mano que se demora en un hombro. Y sin embargo, ¿tenía algo más que mi intuición? Adrián podría ser simplemente un imbécil, no necesariamente un asesino. La línea entre ser un novio egocéntrico y un manipulador letal es más difusa de lo que nos gustaría admitir.
Pero no tenía más alternativas, ni tiempo para investigaciones exhaustivas. Mi descomposición molecular no iba a esperar a que reuniera pruebas forenses concluyentes. Si Adrián no era el culpable, al menos era el que estaba ahí, el único elemento discordante en la ecuación de la muerte de Clara que podía identificar con el tiempo que me quedaba. Como un jugador desesperado apostándolo todo al único número que le parece vagamente prometedor. Algo visceral, primitivo, se agitó dentro de mí. No era solo el instinto de protección; era ese odio irracional que sentimos hacia lo que percibimos como amenaza para nuestros hijos. Tuve que contenerme físicamente para no convertirme en el protagonista de una escena patética: un hombre mayor lanzándose sobre un universitario para arrancarle esa sonrisa prefabricada del rostro mientras grita acusaciones incoherentes sobre asesinatos que aún no han ocurrido. Imagina el titular: “Padre perturbado agrede a estudiante por crimen futuro”. Los viajeros temporales arrestados por asalto predictivo suelen tener problemas para explicar su situación sin acabar en observación psiquiátrica, medicados hasta las cejas y convertidos en el ejemplo perfecto de lo que ocurre cuando la crisis de la mediana edad se encuentra con demasiada ciencia ficción.
No, necesitaba ser más inteligente que eso. Necesitaba observar, confirmar, y solo entonces actuar. Aunque mi corazón me gritaba que era él, que tenía que ser él, mi cerebro —ese órgano ocasionalmente útil— me recordaba que la intuición paterna no sería admitida como prueba en ningún tribunal, temporal o de otra índole. La desintegración molecular avanzaba más rápido de lo previsto; me quedaban menos de cuatro horas para resolver el enigma de mi vida. Cuatro horas entre la verdad y la descomposición atómica. Ir a tomar algo se había convertido en mi salvavidas de misión, mi excusa perfecta para prolongar este encuentro sin parecer el lunático que probablemente era.
Allí estábamos los tres en el pasillo: Clara, que me había reconocido inmediatamente; Adrián con su chaqueta de rebelde de catálogo; y yo con mi existencia desintegrándose a nivel molecular.
—Papá, ¿qué haces aquí? —preguntó Clara, y luego, con esa brutal honestidad que caracteriza a los jóvenes cuando observan el deterioro paterno—: Y qué mala cara tienes. Estás más viejo, demacrado... ¿y esa cicatriz?
La avalancha de observaciones directas me hizo reír, una risa que sonó más amarga de lo que pretendía. Ah, la juventud y su encantadora falta de filtros diplomáticos. Nada como una hija para recordarte que el tiempo es un cabrón despiadado.
—Te he echado de menos —dije simplemente, porque ante semejante bombardeo de sinceridad brutal, solo quedaba refugiarse en la verdad más elemental.
—¿Te apetece que vayamos a tomar un café? —añadí, intentando desviar la conversación antes de que siguiera catalogando mi deterioro físico.
—Sabes que no me gusta el café —respondió automáticamente, y luego frunció el ceño, como si se sorprendiera a sí misma por lo natural que había sonado esa respuesta.
Sonreí con esa tristeza que solo un padre puede entender.
—Tienes razón. El chocolate es lo mejor.
En ese momento, Adrián se interpuso entre nosotros con la territorial agresividad del macho adolescente.
—Clara, tenemos que estudiar —dijo, lanzándome una mirada que podría haber congelado toda la calefacción del edificio.
Lo aparté suavemente pero con firmeza, manteniendo los ojos fijos en mi hija.
—Solo serán unos minutos.
Clara me miró durante un largo momento, probablemente preguntándose si mi aspecto cadavérico era motivo suficiente de preocupación como para saltarse el estudio. Finalmente, algo en mi expresión debe haberla convencido.
—De acuerdo —dijo, y por la forma en que cedió a esa mención del chocolate, supe que algunos hábitos trascienden el tiempo—. Luego te veo, Adrián.
Qué deliciosa ironía: después de casi dos décadas intentando olvidarla, bastaron tres palabras sobre chocolate para que mi hija me siguiera hacia la cafetería, a pesar de mi evidente aspecto de zombie recién desenterrado.
Me encontraba en ese territorio inexplorado entre “estoy completamente loco” y “tengo razón y eso es lo que más me asusta”. Es como esa zona gris entre “necesito terapia” y “necesito un detective privado”, excepto que en mi caso la diferencia podría determinar si mi hija muere por segunda vez. ¿Quién, en su sano juicio, administraría un veneno letal a una joven universitaria? Era tan ridículo como suponer que Jack el Destripador operaba en el horario de mayor afluencia de Piccadilly Circus. Y sin embargo, allí estaba yo, analizando cada sorbo que Clara daba a su chocolate como si fuera un técnico de laboratorio sin el beneficio de, ya sabes, un laboratorio.
La duda me corroía las entrañas con más eficacia que cualquier ácido de la tabla periódica. Si me equivocaba y actuaba, arruinaría estas pocas horas con Clara y posiblemente terminaría en el pabellón psiquiátrico. Si no hacía nada y alguien era realmente el culpable, estaría siendo cómplice de su lenta ejecución por segunda vez. Menudo dilema para alguien con fecha de caducidad incorporada. Mi muerte inminente debería otorgarme algún tipo de claridad cósmica, no esta confusión paralizante aderezada con tics nerviosos y sudoración excesiva.
Entre la niebla de mis dudas, observaba la sonrisa de Clara, esa luz que pronto perdería si no hacía algo. O quizás precisamente porque haría algo. La cruel ironía de que mis intentos de salvarla pudieran ser exactamente lo que provocaría su muerte no se me escapaba. El universo tiene un talento especial para ese tipo de retorcidas bromas.
Estar sentado frente a Clara era como recibir una transfusión de vida directamente en las venas. El tiempo, esa moneda que nunca había valorado hasta ahora, de repente se convertía en el recurso más precioso del universo. Tres horas y cuarenta minutos para la desintegración total.
Había olvidado cómo sonaba realmente su voz, no el eco deformado que guardaba en mi memoria, sino el timbre exacto, la cadencia precisa que ningún recuerdo podía capturar fielmente.
—¿Qué tal Adrián? —pregunté, intentando sonar casual—. ¿Es de confianza?
Clara removía el chocolate con movimientos circulares perfectos, contando mentalmente. Diecisiete vueltas exactas, como había hecho desde los cinco años. Ni una más, ni una menos. Algunos hábitos sobreviven al tiempo mejor que los recuerdos, y ver ese ritual me devolvió una década en segundos. Tuve que apartar la mirada cuando completó la vuelta diecisiete y dejó la cuchara con esa precisión obsesiva que me había vuelto loco de ternura cuando era pequeña. Clara levantó la vista de su chocolate, irritada.
—Papá, no me agobies con tantas preguntas. Mejor dime qué haces aquí realmente.
Sus ojos —esos ojos que heredó de su madre— me estudiaron con una mezcla de recelo y curiosidad. Siempre fue así, demasiado inteligente para su propio bien, demasiado observadora.
—¿Y si te dijera que solo he venido para avisarte de que te van a envenenar? ¿Que vengo del futuro? —le pregunté, sabiendo que tenía exactamente tres horas para convencerla.
Omití cuidadosamente la parte donde yo moriría. Eso no tenía porqué saberlo.
Su rostro se transformó de la irritación a la incredulidad total.
—Papá, deja ya tus bromas —susurró—. Pero... ¿cómo...? ¿Por qué estás tan demacrado?
—¿Te parezco el mismo que viste la última vez? —respondí, señalando mi rostro deteriorado—. Sé que no me vas a creer, pero solo te pido una cosa: ten cuidado. Vigila todo y sé todo lo paranoica que te he dicho siempre que no seas.
Sus ojos se humedecieron. Siempre fue así con ella: primero el cerebro, luego el corazón.
—¿Por qué estás tan... viejo? —preguntó, con esa honestidad brutal que solo los hijos pueden permitirse.
Una risa amarga escapó de mi garganta.
—El tiempo no ha sido precisamente generoso conmigo —respondí, extendiendo mis manos temblorosas sobre la mesa—. No sé si será Adrián o si será algo casual, pero te vas a encontrar mal e irá a peor.
Clara se asustó, su rostro se puso pálido.
—¿Para eso has venido? ¿Para asustarme?
Ah, la juventud. Esa hermosa capacidad de confundir “vas a morir” con “no me agobies”.
—Clara, escúchame —dije con toda la urgencia que mi cuerpo deteriorado podía transmitir—. No tengo tiempo para explicaciones científicas ni para convencerte con pruebas irrefutables. Solo puedo pedirte que confíes en tu instinto.
—No entiendo nada —confesó, y en su vulnerabilidad vi a la niña que una vez me pidió que comprobara si había monstruos bajo su cama.
No necesitas entenderlo todo —le dije—. Solo necesitas cuidarte. Y si alguna vez sientes que las cosas van mal, prométeme que te alejarás.
Algo en mi voz, en mi mirada, debió convencerla. Era ese vínculo inexplicable entre padre e hija, ese reconocimiento que trasciende el tiempo y el espacio.
—Estás sufriendo —dijo, extendiendo su mano para tocar la mía. El contacto fue eléctrico, real.
—Solo me importas tú —respondí, apretando su mano—. Siempre has sido tú, Clara.
—¿Qué debo hacer si tienes razón? —preguntó.
—Confía en ti misma —le dije, sintiendo otro espasmo de dolor que apenas pude disimular—.
Y entonces se me ocurrió. La jugada maestra. Tan simple que era brillante, tan práctica que dolía.
—Siempre quisiste conocer el sur de Italia, ¿verdad? ¿Por qué no te vas mañana? Vete sola a Procida, por ejemplo. ¿Recuerdas que siempre te dije que allí fui muy feliz? Vete.
—¿Pero y mi curso? —protestó—. Voy a repetir.
—Cariño, da igual el curso —respondí, sintiendo cómo las palabras salían con una urgencia desesperada—. Vete sin decir nada a nadie. Ya tendrás tiempo de estudiar...
Tiempo. Esa palabra se me clavó como un puñal. Tiempo, ese que a mí se me acababa.
—Huye de este momento y quizás esa sea la solución. No digas nada. Sé que no es la conclusión típica de película donde la salvo y cazamos al malo, pero es lo mejor que se me ha ocurrido. Es práctico y puede funcionar. Si todo va a ocurrir en los próximos meses, eliminemos la variable Clara.
Ella me miraba y veía mis ojos con lágrimas. A pesar del dolor que empezaba a sentir en oleadas cada vez más intensas, me quedaba tranquilo. Era una solución elegante: si no puedes desarmar la bomba, aleja el objetivo.
Le di todo el dinero que llevaba encima. No era poco: si uno viaja al pasado y va a morir, se lleva todo su dinero. Donde iba a ir sabía que no lo necesitaría.
—Ya sabes que los jóvenes sois capaces de echar al traste un plan por el dinero —dije, intentando sonreír a pesar de que mi cuerpo protestaba contra cada movimiento.
Y ahí terminamos la conversación. Me levanté, sintiendo cómo mis piernas temblaban por el esfuerzo, y nos abrazamos.
El abrazo que llevaba más de una década soñando. El mejor momento de mi vida. El que había hecho que el viaje, que mi vida, mereciera la pena. Sus brazos alrededor de mí, su perfume familiar, el peso de su cabeza contra mi hombro. Durante treinta segundos gloriosos, Clara volvía a ser mi niña y yo volvía a ser su héroe.
La acompañé a su residencia caminando despacio, saboreando cada paso, cada palabra casual que intercambiamos sobre el tiempo, sobre Italia, sobre la vida. Caminábamos despacio no solo para disfrutar del momento, sino porque mi cuerpo ya no daba para más; cada paso era un esfuerzo consciente contra la desintegración que avanzaba inexorable. Conversación de padre e hija, tan normal que resultaba extraordinaria.
Al despedirnos en la puerta, Clara se volvió hacia mí:
—Te quiero, papá.
Y ahí se me saltaron las lágrimas como a un idiota sentimental. Qué injusta ha sido la vida, pensé, mientras la veía subir las escaleras hasta que desapareció. Diecisiete años esperando volver a escuchar esas palabras, y las recibo cuando me quedan cuarenta y tres minutos de existencia. El universo y su exquisito sentido del timing. Después miré mi reloj: quedaba muy poco para la desintegración total.
Y sí, mi misión se había cumplido. No había cazado al villano ni desentrañado el misterio. Simplemente había convencido a mi hija de que desapareciera del tablero de juego. No había habido una persecución —menos mal que no estoy para carreras—, pero quizás haya funcionado. A veces tengo mis momentos. No hay efectos especiales ni explosiones dramáticas, pero quizás funcione. A veces, la mejor jugada no es matar al rey enemigo, sino retirar a tu reina del campo de batalla.
Qué deliciosamente anticlimático. Qué maravillosamente práctico.
Al alejarme de la residencia, miré mi reloj: quedaban exactamente cuarenta minutos para la desintegración total. Cuarenta minutos para cerrar años de dolor con la dignidad que me fuera posible. No pensaba irme lejos. Lo poco que me quedaba de existencia lo dedicaría a vigilar, a observar desde las sombras. Era lo que haría cualquier padre en mi situación, supongo, aunque pocos padres tienen la ventaja —si se le puede llamar así— de una fecha de caducidad tan precisa.
Antes de instalarme detrás de un banco cercano a la residencia, saqué mi teléfono y marqué el número de emergencias. No era plan de que encontraran mi cuerpo a la mañana siguiente como una desagradable sorpresa para algún estudiante madrugador.
—Servicios de emergencia, ¿en qué podemos ayudarle?
—Necesito una ambulancia en el campus universitario, cerca de la residencia de estudiantes —dije con la mayor normalidad posible—. En aproximadamente treinta y cinco minutos encontrarán a un hombre inconsciente. Lleva instrucciones en el bolsillo sobre qué hacer.
—¿Señor, se encuentra usted bien? ¿Necesita ayuda inmediata?
—No, gracias. Solo... asegúrense de leer las instrucciones. Es importante.
Colgué antes de que pudieran hacerme más preguntas. Qué extraño era planificar tu propia recogida como si fueras un paquete que necesita ser entregado. Pero bueno, las instrucciones en mi bolsillo eran claras: contactar con María en la Gran Biblioteca, entregar mi cuerpo para el proceso habitual. Al menos mi muerte sería administrativamente eficiente. Me instalé detrás del banco con una vista clara de la entrada principal. Desde allí podía ver si Clara salía, si alguien entraba, si ocurría algo que requiriera mi intervención. Aunque, honestamente, con mi cuerpo desintegrándose a nivel molecular, mis opciones de intervención se limitaban a gritar incoherencias y posiblemente desmayarme de forma dramática.
A lo lejos, entre la multitud estudiantil, distinguí una figura familiar: el profesor Navarro. Me observaba con esa curiosidad académica característica, como si fuera un espécimen particularmente interesante. Vaya momento para pensar en María y en qué estaría tramando realmente. Me había pedido que le diera un gran abrazo de su parte. Una lástima tener que declinar el encargo: en mi estado, abrazar a alguien era menos un gesto de afecto que un atentado biológico. Lo apunté en la lista de asuntos pendientes, justo debajo de “no desintegrarse”. ¿Había sido casualidad que me asignara precisamente ese caso? ¿O había algo más profundo en su juego?
Probablemente me iría sin saberlo, pero ya no era aquel joven que tenía necesidad de entenderlo todo. Había aprendido a vivir con incertidumbres, y si mi hija quedaba a salvo, me parecía un trato más que justo. Algunas verdades pueden esperar a la eternidad; otras, como la seguridad de Clara, no. Estaba absorto en estos pensamientos filosóficos de última hora cuando, para mi sorpresa, vi que Adrián estaba sentado en un banco no muy lejos del mío. ¿Cuándo había salido de la residencia? ¿Por qué había dejado sola a Clara?
Y entonces, lo más desconcertante de todo: me vio. No solo eso, sino que me hizo una seña con la mano.
—Eh, usted —me llamó —. ¿Le importa si hablamos?
Con un gesto de mi mano temblorosa, le indiqué que se sentara a mi lado. Qué generoso por mi parte, compartir un banco público con mi posible némesis.
—Escuche —dijo, acomodándose a una distancia calculada—. No sé a qué ha venido ese numerito de hoy o ese maquillaje para parecer enfermo, pero le sugiero que se mantenga alejado.
Solté una risa que sonó como papel de lija frotando contra más papel de lija.
—¿Me echas? ¿A mí? —Mi voz apenas era un susurro ronco—. Qué interesante. El depredador defendiendo su territorio.
Su expresión cambió sutilmente. No era la confusión esperada de quien recibe una acusación infundada, sino la cautelosa reorganización facial de quien ha sido pillado con las manos en la masa pero aún no sabe cuánto sabe realmente su acusador.
Qué demonios, pensé. Total, ¿qué podía perder? Ya estaba técnicamente muerto, solo gestionaba el tiempo de descuento. Así que me lancé a la piscina vacía del todo o nada.
—Sé lo que estás haciendo, Adrián —dije, clavando mis ojos en los suyos con la intensidad de quien ya no teme las consecuencias—. El veneno... todo.
Lo vi entonces. Ese microsegundo de pánico puro que cruzó su rostro como un relámpago, rápidamente enmascarado bajo una sonrisa condescendiente.
—No sé de qué habla —respondió, pero su voz había perdido ese tono confiado. Ahora sonaba mecánica, como un contestador automático recitando un mensaje pregrabado.
—Por supuesto que lo sabes —continué—. ¿Crees que eres el primero en experimentar con mentes brillantes? La historia está llena de hombres como tú, Adrián. Ninguno es recordado con cariño.
—¿Quién es usted realmente? —preguntó, abandonando toda pretensión.
—Alguien que no tiene nada que perder —respondí con una sonrisa que debió parecer absolutamente macabra en mi rostro desfigurado por el dolor—. A diferencia de ti, que tienes mucho, muchísimo que perder. Especialmente cuando todo quede registrado para la eternidad.
—¿Registrado? —Su voz se quebró ligeramente en esa palabra, como si acabara de entender que había caminado directo hacia una trampa.
—La Gran Biblioteca —dije, saboreando cada sílaba como si fuera el mejor vino que hubiera probado jamás—. ¿Sabes cómo funciona, Adrián? Todos los pensamientos, todos los recuerdos, todas las verdades más sucias quedan expuestas tras la muerte. Mi libro estará allí. Con cada detalle de lo que sé sobre ti. Con esta conversación exacta. Con tus pequeñas... actividades extracurriculares.
Su rostro se descompuso completamente. No era ya una máscara de miedo, sino terror puro, primitivo, el tipo de pánico que experimenta un animal cuando comprende que está atrapado. Sus manos comenzaron a temblar visiblemente.
—Eso... eso no puede ser cierto —tartamudeó, pero su voz había perdido toda convicción. Era el susurro desesperado de alguien que se aferra a la negación porque la alternativa es demasiado horrible.
—Oh, pero lo es —continué, disfrutando cada segundo de su desmoronamiento—. ¿Crees que la muerte te dará privacidad? ¿Que tus secretos morirán conmigo? Qué ingenuo. La Gran Biblioteca es implacable, Adrián. Archiva todo. Y cuando mi libro sea procesado, cuando cada pensamiento que tengo sobre ti quede registrado para siempre... bueno, digamos que tu reputación no sobrevivirá al escrutinio.
Se puso de pie como si el banco estuviera en llamas, retrocediendo varios pasos. Su respiración era entrecortada, sus ojos saltaban de un lado a otro como buscando una escapatoria que no existía.
—No... no puede hacer eso. Usted no puede...
—¿No puedo qué? ¿Morir? —Me reí, una risa que sonó como cristales rompiéndose—. Ya estoy muriéndome, muchacho. En menos de veinte minutos seré historia. Pero mi historia, mi testimonio, mi acusación contra ti... esa vivirá para siempre. La verdad siempre encuentra un camino, Adrián. Clara vivirá. Tú serás expuesto. Y yo... bueno, yo finalmente podré descansar sabiendo que la justicia se hará.
Su cara había adquirido un tono grisáceo, como si la sangre hubiera decidido abandonar su rostro por completo. Por un momento pensé que se desmayaría allí mismo.
—Usted... usted es un monstruo —susurró.
—No, Adrián —respondí con una sonrisa que debió helar la sangre—. El monstruo eres tú. Yo solo soy el padre que vino a ajustar cuentas.
Se dio la vuelta y se alejó casi corriendo, tropezando con sus propios pies, mirando por encima del hombro como si esperara que lo persiguiera. Pero yo ya no tenía fuerzas para perseguir a nadie. Mi trabajo estaba hecho. Me recliné en el banco, sintiendo esa paz profunda y satisfactoria que solo llega cuando sabes que has hecho todo lo posible. Había plantado una semilla de terror tan profunda en Adrián que probablemente no dormiría tranquilo nunca más. Y lo mejor de todo: no había mentido en ni una sola palabra.
La tarde caía sobre el campus con esa luz dorada que parece suspender el tiempo. Qué apropiado: un viajero temporal muriendo bajo un sol que se resistía a ponerse.
Entonces la vi. Clara salía de la residencia con su mochila de viaje al hombro, caminando con esa determinación que siempre había caracterizado sus decisiones importantes. Se iba. Realmente se iba.
—Que seas feliz, hija —murmuré, sintiendo cómo las lágrimas se mezclaban con la sonrisa que no podía contener.
El dolor me envolvió como una manta, cada vez más intenso. Pero por primera vez en años, no me importaba. Había visto a mi hija una última vez. Le había dicho adiós. Y ahora la veía alejarse hacia un futuro que yo había ayudado a reescribir. A lo lejos escuché las sirenas de la ambulancia que había llamado. Qué eficientes, llegaban justo a tiempo para recoger los restos. Miré mi reloj una última vez. Los números digitales marcaban exactamente cero. El tiempo se había agotado.
Cerré los ojos, tarareando mentalmente: “Pequeña Clara, no llores más, que las estrellas te van a escuchar...” La muerte, finalmente, había llegado. Y yo la recibía con una sonrisa, sabiendo que mi hija tenía ahora una oportunidad que en mi línea temporal nunca tuvo.
Misión cumplida. Qué deliciosamente irónico final para un escriba: morir habiendo reescrito la historia más importante de todas.
continuará…
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La próxima semana termina!



