Bullpen #69. La Gran Biblioteca de la Verdad, Capítulo 2, parte 1.
Continuamos con el relato de La Gran Biblioteca de la Verdad
¿Te perdiste la primera parte? Aquí tienes el enlace al Capítulo 1 para ponerte al día.
Hoy cerramos el primer capítulo y abrimos el segundo. Gracias a todos los que os habéis tomado la molestia de comentar: os leo con atención, estoy estudiando cada cosa que me decís y, en algún caso, ya estoy ajustando el texto.
Seguimos.
Anteriormente En La Gran Biblioteca de la Verdad
Pablo es un escriba de nivel siete en la Gran Biblioteca de la Verdad, la institución que, tras la muerte, transcribe los recuerdos de cada persona en un libro: ningún secreto sobrevive a la tumba. Arrastra el duelo por su hija Clara. Un día le llega sin explicación el expediente 300/874, un caso que el propio sistema asegura que no existe. Al transcribirlo, empieza a leer recuerdos imposibles: cosas que todavía no han ocurrido. Hasta que comprende que no es un error de la máquina, sino del tiempo.
Capítulo 1 (continuación)
Me quité las gafas y las limpié con el pañuelo que siempre llevo en el bolsillo izquierdo de la camisa. Obviamente, el problema tenía que estar en mi visión y no en la realidad que acababa de dimitir sin previo aviso. Me las volví a poner. La anomalía seguía ahí, sonriéndome con esa mueca insolente que tienen los hechos cuando deciden fastidiarte un martes por la mañana. Recuerdos perfectamente nítidos de un futuro que técnicamente aún no había ocurrido. Detallados, coherentes, tan vívidos como mi desayuno de esta mañana, solo que estos recuerdos incluían cosas como mi propia muerte y conversaciones que mantendría dentro de veinte años. Fantástico. Después de quince años clasificando cadáveres, al fin me había vuelto loco. Era lo más lógico que me había pasado en meses.
¿Un fallo en las máquinas de extracción? Por favor. No entenderé cómo funciona esa tecnología, pero sé que no falla. ¿Un cruce de memorias entre casos? Los sistemas de aislamiento eran más herméticos que el presupuesto de la oficina. ¿Efecto secundario de mis pequeñas ayudas químicas para sobrellevar la existencia? Imposible. Tengo principios: nunca antes de las cinco de la tarde. Lo cual me dejaba con la explicación más reconfortante de todas: aparentemente, había desarrollado la habilidad de recordar el futuro. Qué útil para un escriba de nivel siete. Seguro que Recursos Humanos tendría un formulario específico para este tipo de situaciones.
Lo que tenía ante mí era, sencillamente, una imposibilidad manifestada. Un viajero temporal. Alguien que había visitado el futuro —o provenía de él— y había muerto en este presente, llevándose consigo recuerdos de acontecimientos que aún no habían tenido lugar.
La ironía resultaba casi obscena. El hombre dedicado a catalogar verdades ajenas se enfrentaba a una verdad tan colosal que hacía tambalearse los cimientos mismos de la realidad. El tiempo, aparentemente, no era la línea recta que todos daban por sentada. La muerte, ese final supuestamente definitivo, quizás no era tan concluyente después de todo. Y aquí estaba yo, el hombre invisible de la burocracia, sosteniendo en mis manos un conocimiento capaz de reescribir la historia humana. O de conseguirme un traslado inmediato al departamento de salud mental. Las opciones eran igualmente atractivas.
¿Qué hacer con una verdad tan explosiva? ¿Compartirla y desatar el caos? Imagino el memorando: “Estimados superiores, he descubierto que el tiempo es más flexible que nuestros horarios de oficina.” ¿Investigarla en silencio, convirtiéndome en guardián de un secreto que podría derribar civilizaciones? ¿O hacer lo más sensato y fingir que nunca la vi, volver a mi rutina de transcriptor de existencias insignificantes?
La “Veritas Purissima”, ese dogma que había definido mi vida profesional durante quince años, acababa de revelarse como lo que realmente era: una fantasía reconfortante para burócratas que necesitamos creer que nuestro trabajo tiene sentido. Me recliné en mi silla ergonómica, sintiendo por primera vez en años algo parecido a la emoción genuina. No la eficiencia mecánica del escriba nivel siete, sino la fascinación auténtica del ser humano que acaba de descubrir que la realidad es aún más absurda de lo que pensaba. Y eso ya es decir mucho.
Curiosamente, fue este imposible, esta fractura en todo lo que creía saber, lo que me devolvió algo que daba por perdido: las ganas de entender. La vida volvía a tener algo de interés. Un enigma terrorífico que probablemente me costaría la cordura, sí, pero también irresistiblemente seductor. Y después de años de apatía química, resultaba que aún tenía curiosidad suficiente para querer saber cómo acabaría esta historia.
“Si el tiempo no es lineal”, reflexioné mientras me masajeaba las sienes, “entonces quizás nada está verdaderamente perdido”. No era un pensamiento consolador exactamente, sino perturbador en sus implicaciones. Si alguien podía atravesar las barreras temporales, quizás la muerte no era el punto final que siempre había parecido. Quizá, en alguna coordenada del continuo espacio-temporal, Clara seguía viva, seguía recolectando piedras brillantes, seguía dibujando criaturas imposibles que tal vez no eran tan imposibles después de todo. No es que pudiera alcanzarla, pero saber que existía, aunque fuera en un plano inaccesible para mí, alteraba algo fundamental en mi percepción del universo.
La Gran Biblioteca de la Verdad albergaba ahora el mayor secreto concebible. Y yo, el escriba más anónimo del departamento, me encontraba en posesión del conocimiento más revolucionario que la humanidad podría imaginar. Una carrera entera transcribiendo vidas intrascendentes para tropezar accidentalmente con la única que podría redefinir nuestra comprensión del tiempo y la muerte. Si esto era casualidad, el universo tenía una precisión estadística impresionante. Si no lo era, alguien en los pisos superiores había decidido que precisamente yo debía encontrar esto. Y esa posibilidad era aún más inquietante.
Pero después de años de pastillas y apatía, me daba bastante igual si me estaban manipulando. Si tenía la opción de encontrar un aliciente para seguir existiendo, aunque fuera como peón en algún juego burocrático, bienvenido fuera. Al menos ahora el engranaje tenía algo interesante que procesar. Ahora tenía una decisión que tomar. No sobre qué pastilla consumir o qué ruta tomar hacia la oficina, sino una encrucijada que definiría el futuro de la especie humana. Sin presión.
El pensamiento me golpeó con fuerza. Si aquel mecanismo era tan infalible, ¿por qué el 300/874 había llegado a mi estación saltándose la cola del algoritmo? ¿Por qué a mí, un escriba de nivel siete? La respuesta olía a pólvora. Por un instante, creí ver mi nombre reflejado en la línea gris, pero ya no confío en mi vista. Demasiadas emociones para un día rutinario.
Alguien, en la cúspide de la Gran Biblioteca, había orquestado esto. Y la elección no era un error: era la primera mentira en un sistema construido sobre verdades absolutas.
Durante tres lustros profesé mi religión secular: la fe en que saber era siempre mejor que ignorar. Pero toda fe se alimenta tanto de evidencia como de ceguera. ¿Y si algunas verdades no estaban hechas para ser conocidas? ¿Y si ciertas revelaciones pudieran fracturar la realidad que nos sostiene?
Mañana sería otro día. Y por primera vez en quince años, no tenía la más remota idea de lo que traería. La incertidumbre había regresado. Y, por alguna razón, ya no la sentía como una amenaza. Al salir de la Biblioteca miré el cielo. Si el tiempo podía plegarse y la muerte no era definitiva, quizá el universo seguía guardando un sentido que aún no comprendía.
Y esa posibilidad bastaba.
Capítulo 2.
Viajar significa morir. Punto. La ecuación más simple y más cruel que he visto pasar por mis manos. La física no acepta sobornos. Seis o siete horas: ese es el margen que el continuo espacio‑temporal concede antes de empezar a cobrar la deuda. La física, siempre ecuánime, te deja romper sus reglas solo lo suficiente para que te arrepientas de haberlo intentado. ¿Por qué viajaría él? ¿qué quiso ver en esta época? Quizás no sabía que iba a morir o quizás vino por un motivo superior. Demasiadas preguntas para alguien que tiene una gran duda en su cabeza.
Construir la máquina sería fácil. Los componentes, se compran en cualquier ferretería con horario flexible y moral dudosa. Lo complicado es aceptar que este conocimiento llegó a mí por casualidad. Un viajero temporal anónimo procesado por el algoritmo, sus secretos extraídos por rutina burocrática, y yo, el escriba de nivel siete que fui asignado no se sabe muy bien como para transcribir el manual de su propia autodestrucción.
Paso el dedo índice por las fórmulas por centésima vez. “Conocer sin actuar no es corromper”, me repito. Otro autoengaño para la colección. La verdad es que todo conocimiento infecta. Como esos parásitos que alteran la conducta de su huésped hasta llevarlo al suicidio. Yo soy el huésped. Clara es la consecuencia. Y esta carpeta roja donde guardo la información, el parásito.
Tres semanas con la carpeta roja guardada bajo llave. No la abro, pero la miro. Es casi lo mismo. Los planos ya están tatuados en mi memoria: ecuaciones de campo cuántico, especificaciones moleculares, el precio biológico exacto. Siete horas en el pasado. Cuatrocientos veinte minutos con Clara antes de desintegrarme, como azúcar en lluvia.
Eso cuesta viajar en el tiempo: todo. Daría cualquier cosa por abrazarla una vez más… salvo, al parecer, mi propia vida. Qué ironía: ni para morir soy buen padre. Qué curioso descubrimiento a los cincuenta y nueve años: que el instinto de supervivencia puede más que el amor paternal. O quizás no es supervivencia, sino algo más prosaico.
Miedo.
No a morir. Hace años que la muerte me parecería una promoción laboral. Miedo a llegar demasiado tarde otra vez. A que se repita la misma historia: Clara muriendo sola mientras yo estoy en algún lugar equivocado, descomponiéndome en algún callejón del pasado como un funcionario incompetente hasta en sus últimas horas.
No se trata de salvarla—sé que ya está muerta. Se trata de estar ahí. De que sepa que su padre no la abandonó. De que sus últimos pensamientos no sean de soledad y resentimiento hacia el hombre que debería haberla protegido.
¿En qué juego me han metido? Preguntarme quién o por qué es perder el tiempo. La única pregunta útil es si vale la pena jugarme la existencia por cuatrocientos veinte minutos con mi hija. Por un último abrazo. Por asegurarme de que no se vaya creyendo que a su padre no le importaba lo suficiente como para estar ahí.
La respuesta debería ser obvia para cualquier padre.
El problema es que ya no estoy seguro de ser uno bueno.
Quien dijo que el conocimiento es poder nunca tuvo que enfrentarse a la posibilidad de traspasar la barrera del tiempo sabiendo que el precio sería su propia desintegración molecular. Un suicidio con pretensiones científicas, eso es lo que me ofrece esta carpeta.
Sigo sin decidir, como un idiota. Porque claro, ocultar información clasificada en la Gran Biblioteca es exactamente el tipo de hobby que necesita un escriba de nivel siete que ya tiene suficientes problemas existenciales. La historia está repleta de funcionarios que decidieron quedarse información “para proteger a la humanidad” o “hasta entender mejor las implicaciones”. Todos terminaron igual: borrados del registro oficial, trasladados a departamentos que técnicamente no existen, o simplemente convertidos en leyendas urbanas que los nuevos empleados susurran durante los descansos para café.
El reloj marca las 11:42. Hora de mi pastilla diaria. Lo único que en mi vida funciona a tiempo. Rutinas, horarios, ciclos. Nuestra patética manera de fingir que controlamos algo que nos devora desde que nacemos. Trago la cápsula con un sorbo de agua tibia y contemplo los efectos casi inmediatos: el temblor en mis manos disminuye, las sinapsis se realinean, la química cerebral recupera su delicado equilibrio artificial. Esta farmacopea personal es mi única defensa contra recuerdos que, sin estos filtros sintéticos, me harían pedazos.
—¿Pablo? —La voz de María me atraviesa antes que el sonido. Ni siquiera pregunta: anuncia su entrada.
Qué oportuno. Qué increíblemente, milagrosamente, estadísticamente imposible oportuna. A pesar de haber fallecido su padre hace horas —un hombre al que nunca conocí pero cuya muerte no quiero procesar—, aquí está. María nunca hace visitas “espontáneas”. Sus apariciones son tan calculadas como los movimientos de un ajedrecista, y yo acabo de descubrir algo que podría reescribir la realidad. Y justo cuando el químico me promete calma, la realidad toca a la puerta. Con tacones. Diecisiete años de eficiencia implacable y ojos que parecen detectar tus debilidades.
María no dirige la Biblioteca; la Biblioteca se expresa a través de María.Comenzó como becaria cuando el edificio aún tenía ese olor característico a pintura fresca y esperanzas no cumplidas. Ha escalado la pirámide corporativa con determinación: gota a gota, año tras año, siempre estando en el sitio adecuado, sabiendo exactamente qué formulario presentar para cada tipo de emergencia existencial. María no es un personaje decorativo en la Gran Biblioteca sino la encarnación humana de la Biblioteca: recluta, vigila, revela y finalmente archiva.
—Adelante —respondo, levantándome instintivamente—. Y mis condolencias por tu padre, María.
Nuestra relación se clasificaría en esa subcategoría sociológica de “jerarquía ambigua con reminiscencias de culpa mutua”. No olvido que fue ella quien me arrastró a este mausoleo de confesiones forzadas. Un reclutamiento peculiar, debo admitir. Lo más desconcertante es que, a pesar de haber intercambiado menos de cincuenta frases sustanciales en todos estos años, siempre que estoy en su presencia me invade esa inquietante sensación de que me conoce mejor de lo que aparenta. Su mirada ocasionalmente se suaviza, pasando de “interrogatorio policial” a “evaluación psiquiátrica rutinaria”, y tengo la perturbadora impresión de que hemos bailado este tango en otra vida. Una absurda idea, por supuesto. Aunque en un lugar donde catalogamos los pensamientos de los muertos, ¿qué idea no es absurda?
Mi instinto primario es proteger la carpeta. Un movimiento reflejo, casi animal, que delata mi culpa más que cualquier confesión. La carpeta roja —qué apropiado, el color de las alarmas, de la sangre, del peligro— queda expuesta sobre el escritorio cuando María entra sin esperar mi respuesta. Siempre ha considerado las formalidades como una pérdida de tiempo que la humanidad no puede permitirse en su sagrada misión de catalogar verdades.
—Solo será un momento —dice mientras se sienta frente a mí sin ser invitada. No dice nada sobre mi pésame. Siempre tan profesional, tan apartada. Toda ella es un ejercicio de contradicciones: la severidad militar de su postura contra la casi frivolidad de sus gestos manuales, el uniforme gris reglamentario contra esos aretes de plata antigua que claramente violan el código de vestimenta, la frialdad de su mirada contra la calidez ocasional de su sonrisa.
Observa la carpeta con curiosidad profesional. Si su mirada tuviera peso, ya estaría abierta. ¿Puede ver a través de las cubiertas? ¿Intuye que estoy a un paso de convertirme en el mayor traidor a la institución desde el Incidente Brauer? Su mirada se desliza de la carpeta a mi mano, que descansa sobre ella de forma posesiva.
—Trabajo proactivo —dice, con esa voz que puede significar elogio o amenaza según la hora del día. — Es lo que más aprecio de ti.
Su comentario es un anzuelo perfecto: lo suficientemente vago para que yo revele información voluntariamente, lo suficientemente elogioso para bajar mis defensas. María no ha llegado a Directora General por casualidad; puede extraer más información de un silencio incómodo que otros con un interrogatorio formal.
—Transcripciones pendientes. Nada extraordinario —miento con la facilidad que otorga la práctica. Intento deslizar la carpeta hacia el cajón, pero su mano se mueve con velocidad sorprendente, atrapando la esquina del expediente.
—¿Me permites? —dice, mientras la carpeta ya cambia de dueño.
El pánico me corroe por dentro, pero mi rostro permanece impasible. Años transcribiendo atrocidades me han dado un control facial imperturbable. Suelto la carpeta con naturalidad fingida, como si no contuviera los secretos del universo.
—Pablo, necesito que esto quede entre nosotros —dice María, inclinándose sobre mi escritorio con la intensidad de quien está a punto de revelar algo crucial. Su perfume —algo herbal con notas cítricas, probablemente carísimo— invade mi espacio personal. Tenemos una situación... delicada.
María nunca habla en susurros. María nunca usa la palabra “delicada”. María nunca necesita discreción porque su autoridad es absoluta dentro de estas paredes de mármol. Mi alarma interna, ya de por sí histérica por la carpeta desaparecida, ahora aúlla como una sirena con problemas de abandono.
—Por supuesto —respondo, componiendo mi mejor máscara de neutralidad profesional, esa que perfeccioné transcribiendo las memorias de un pedófilo serial mientras mantenía mi desayuno donde correspondía—. La discreción es prácticamente mi apellido.
—¿Has oído hablar de los libros vacíos? —pregunta. No hay curiosidad en su tono: solo el peso de quien ya conoce la respuesta.
Niego con la cabeza, optando por la ignorancia como estrategia. Mentira número dos en menos de un minuto. Nuevo récord personal. Por supuesto que había oído rumores. En quince años archivando mentes muertas, uno escucha cosas: escribas que susurran sobre páginas en blanco, bibliotecarios que encuentran inconsistencias y luego piden traslado.
—Javier Guadalupo, bibliotecario en el sector 5, nivel 4, encontró anomalías durante un inventario rutinario —continúa, estudiando mi reacción con intensidad clínica—. Libros que habían sido sustituidos por copias casi perfectas. La diferencia era mínima: pasajes omitidos, recuerdos borrados, nombres editados con una precisión quirúrgica que delata entrenamiento institucional. Siempre los mismos: poder, dinero o fe. Como si alguien estuviera limpiando la historia. Y, por una vez, lo estuviera haciendo bien.
—¿Falsificaciones? —pregunto, genuinamente sorprendido por la audacia—. ¿Dentro de la Gran Biblioteca?
Asentí ligeramente mientras la ironía burbujeaba en mi cabeza. “Curioso”, pensé, “los bibliotecarios guardan los libros; los escribas los habitan. Ellos conservan, nosotros interpretamos. Mismo templo, distinto credo.” Cinco sectores de bibliotecarios para custodiar el orden; siete niveles de escribas para descifrar la memoria de los muertos. Unos preservan los hechos; los otros tratamos de entenderlos. La frontera entre ambos oficios parece mínima, pero ahí se esconde toda la diferencia entre almacenar la verdad y darle sentido.
Me giré hacia ella, en voz baja, más para mí que para María: Si hay libros vacíos… alguien ha aprendido a borrar su propia historia. No es un escándalo: es una herejía.” No me sorprendía que hablara en susurros.
María asiente, pero hay algo en su gesto que no había visto antes: un dejo de incertidumbre, como si no tuviera todo bajo control. Eso sí que me asusta. Sus dedos juegan distraídamente con la esquina de mi carpeta roja, abriéndola milímetro a milímetro como quien despega lentamente una venda de una herida. Limpiar la historia. La frase resuena en mi mente como un eco en una catedral vacía. Justo cuando creía que nuestro sistema tenía la virtud de la honestidad, descubro que tampoco está exento de corrupción. La “Veritas Purissima” resulta tan pura como el agua de un charco en una calle industrial.
—¿Cómo es posible? —pregunto, intentando distraerla de la carpeta—. Los protocolos de seguridad, las verificaciones aleatorias, los sistemas de catalogación redundante...
María me interrumpe con un gesto brusco de su mano derecha, donde un antiguo anillo familiar brilla con un zafiro demasiado ostentoso para nuestro austero mundo. Finalmente suelta la carpeta y yo la deslizo discretamente hacia mi lado del escritorio.
—Eso es precisamente lo que necesito averiguar. Guadalupo desapareció ayer, después de enviarme su informe preliminar. Su supervisor directo dice que pidió baja por estrés. Qué conveniente, ¿no crees?
La ironía en su voz es tan ácida que casi puedo sentir cómo corroe el aire entre nosotros.
—¿Y yo qué papel juego en esto? —pregunto, aunque ya intuyo la respuesta. Siempre he sido el tipo al que envían a las zonas radiactivas sin traje protector.
—Necesito que revises esos libros. Discretamente. —Su voz baja hace que cada palabra pese más de lo normal—. Mira qué partes se han borrado, cómo se hicieron los cambios y revisa el registro de los escribas que intervinieron. Anota sus niveles. Que nada se te escape.
Ahora entiendo por qué vino a mí. Soy uno de los pocos que tiene acceso tanto a los archivos físicos como a las notas que se sacan en la creación de cada historia, un sistema redundante que técnicamente no existe pero que todos saben que funciona en las sombras. Deberían destruirse pero se guardan. Un seguro contra la manipulación física de los textos.
—¿Y si encuentro indicios de manipulación? —La pregunta es retórica. Ambos sabemos que los encontraré.
—Entonces tenemos una conspiración en marcha. Una que amenaza los fundamentos mismos de nuestra institución —responde, y por un instante, su fachada impenetrable se agrieta, dejando entrever a la mujer detrás del cargo—. Debería ser imposible, Pablo. La memoria neural extraída directamente del cerebro, procesada bajo protocolos blindados, transcrita por escribas certificados y almacenada en bóvedas con seguridad militar. Es como si alguien hubiera encontrado la manera de falsificar el tiempo mismo.
continuará…
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