Bullpen #71. La Gran Biblioteca de la Verdad, Capítulo 3, parte 2.
Cerramos el capítulo 3. Gracias a todos los que me estáis mandando comentarios.
Te dejo enlace a los capítulos anteriores por si quieres leer, repasar o compartir.
Por cierto, sígue a P.M. Reilly en Instagram. Habrá más sorpresas.
Seguimos…
Anteriormente en La Gran Biblioteca de la Verdad
Pablo es un escriba de nivel siete que procesa los recuerdos de los muertos. Lleva años medicándose para sobrellevar el duelo por su hija Clara. Un día le llega un expediente anómalo —el 300/874— que el sistema asegura que no existe. Al transcribirlo, descubre algo imposible: recuerdos de un futuro que aún no ha ocurrido. El expediente pertenece a un viajero temporal que murió en el presente cargando memorias del porvenir. Entre esas memorias están los planos para construir la máquina: siete horas en el pasado. Cuatrocientos veinte minutos con Clara antes de desintegrarse.
Entonces aparece María, la directora general, con una misión urgente: alguien está falsificando los libros de la Biblioteca desde dentro, sustituyendo recuerdos reales por copias casi perfectas. El bibliotecario que lo descubrió —Guadalupo— ha desaparecido. Pablo acepta investigarlo en secreto.
Cuatro semanas después, la investigación revela algo peor de lo esperado: las alteraciones no son errores ni sabotajes aislados. Afectan siempre a los mismos apellidos que adornan las placas de donantes en el vestíbulo. Incluso la verdad tiene clases sociales. Pablo sospecha que María no solo conoce la corrupción, sino que quizás la dirige.
Un día, la carpeta roja —la que nunca debería existir— desaparece de su cajón. Minutos después, María lo convoca a su despacho. Sin pastillas, sin armadura química, Pablo entra a la reunión temiendo lo peor. Y lo peor llega: “Se trata de tu hija.”
seguimos…

El mundo a mi alrededor se detuvo. De todos los escenarios que había imaginado, este no figuraba en ninguno.
—¿Mi hija? —repetí estúpidamente, como si las palabras no tuvieran sentido.
—Clara —pronunció su nombre con una familiaridad que me resultó invasiva—. Un escriba acaba de terminar la transcripción de un fallecido que la conoció. Uno de sus profesores, de hecho.
Se reclinó ligeramente, disfrutando de mi desconcierto como quien saborea un vino particularmente añejo.
—El profesor Navarro. ¿Has leído algo? ¿Lo conocías?
Lo consideré por un momento, recorriendo el inventario oxidado de mis recuerdos. Navarro. Nada. Jamás intercambié palabras con él. No me suena de nada. ¿Es quizás una trampa que me está poniendo?
— No —respondí, intentando mantener mi voz en ese registro neutro que los escribas perfeccionamos para ocultar el terremoto interno—. No me suena que Clara lo mencionara.
María asintió, el movimiento preciso de quien confirma una sospecha.
—Falleció hace cuatro semanas. Nada extraordinario: un infarto mientras corregía exámenes. Una muerte tan académica como su vida.
Cuatro semanas. Mientras yo jugaba con conceptos imposibles, otro hombre desentrañaba los secretos de la muerte de mi hija. La sincronización era tan perfecta que resultaba obscena, como si el universo hubiera estado planeando esta broma durante años.
—Aparentemente, él creía conocerte —continuó María, estudiando mis reacciones—. Sus memorias incluyen varias conversaciones contigo donde le preguntas por tu hija.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda como una araña meticulosa. ¿Conversaciones que nunca tuvieron lugar? La implicación me golpeó como un martillo en el esternón.
—¿Quizás me confundió con otro padre? —intenté racionalizar, sabiendo perfectamente que la explicación era mucho más inquietante.
—Curiosamente —y aquí la voz de María adquirió ese tono que reservamos para señalar paradojas particularmente deliciosas—, te describe exactamente como eres. No hay posibilidad de error: tu altura, el peso aproximado, la forma en que te mueves, incluso esa mancha de chocolate perpetua en la manga izquierda de todas tus camisas. Una descripción tan precisa que podría ser tu ficha de empleado salvo por una cicatriz que no tienes.
Hizo una pausa, disfrutando de mi creciente incomodidad. Su sonrisa se extendió con la lentitud calculada de una mancha de tinta en papel absorbente.
Ahí estaba. La prueba de que ya había viajado. Alguien había cruzado la barrera del tiempo para regresar a la época de Clara. Y ese alguien, sospechaba con una certeza espeluznante, era yo. Qué magnífica contradicción: aún no había decidido viajar, pero aparentemente ya lo había hecho. O lo haría. El tiempo verbal apropiado para describir un evento futuro que ha ocurrido en el pasado es probablemente otro concepto para el que los romanos tendrían un término preciso y completamente inútil.
—Y lo más interesante, Pablo —continuó María, disfrutando cada sílaba—, es que sus recuerdos sugieren que tú sabías que Clara iba a morir.
La habitación pareció contraerse a mi alrededor, como si el espacio mismo intentara asfixiarme. Un efecto secundario de la paradoja temporal o simplemente mi sistema nervioso colapsando bajo el peso de la revelación. Probablemente lo segundo.
—Eso es absurdo —logré articular, aunque mi voz sonaba distante, como si perteneciera a otra persona—. ¿Cómo podría yo saber algo así?
—Esa es precisamente la pregunta que me hice. ¿Cómo podrías tú, Pablo, saber que tu hija iba a morir antes de que sucediera? —Hizo una pausa teatral—. A menos que todo sea un simple olvido y sí lo conocieras.
El silencio que siguió fue tan denso que casi podía palparse. En algún lugar del edificio, un reloj marcaba los segundos con la implacable indiferencia del tiempo que continúa fluyendo mientras los humanos tratamos desesperadamente de domarlo. Me pregunté, no por primera vez, si la Gran Biblioteca nos vigilaba tan meticulosamente como vigilábamos a los muertos. ¿Estaban mis propios pensamientos siendo transcritos en tiempo real, mi pánico documentado para la posteridad con la precisión clínica que caracteriza a nuestra institución?
Qué ironía exquisita: el guardián de secretos que no puede guardar el suyo propio. Pablo, el escriba insignificante, convertido en el protagonista de la mayor transgresión registrada en los anales de la Biblioteca. Un hombre tan mediocre que su único reclamo a la fama sería romper la barrera fundamental del universo. La salida más fácil se materializó en mi mente como una escalera de emergencia en un edificio en llamas. Claro, seguramente lo conocía. A lo mejor hablé con él cuando anulé la matrícula de Clara tras su fallecimiento. Quizás intercambiamos algunas palabras sobre trámites burocráticos, sobre documentación pendiente, sobre cómo los muertos generan más papeleo que los vivos. El tipo de conversaciones que el dolor convierte en niebla.
—María —dije finalmente, calculando cada palabra como un equilibrista que avanza sobre un abismo—, supongo que sí lo conocía y simplemente no lo recuerdo. Esa época fue muy dura. Tuve que hacer muchos trámites en la universidad después de... ya sabes. Hablar con profesores, cancelar asignaturas, recoger sus cosas. Es posible que Navarro fuera uno de ellos.
Era una explicación perfectamente razonable. Completamente lógica. Y total, absoluta y deliberadamente falsa.
Tenía razón, por supuesto. Nuestra profesión era fundamentalmente absurda: archivistas de consciencias extintas, taquígrafos del más allá. La idea de que alguien pudiera doblar el tiempo mismo era solo una gota más en ese océano de imposibilidades que llamábamos realidad.
—Entonces —continué, eligiendo mis palabras con la meticulosidad de un desactivador de bombas—, ¿cuál es el propósito de esta conversación? ¿Advertencia?
María se levantó con esa gracia felina que siempre me había resultado ligeramente aterradora, como si sus movimientos estuvieran demasiado calculados para ser humanos.
—Analizando el libro del profesor he leído que sus recuerdos sugieren que tu hija no murió por causas naturales, Pablo —continuó María, su voz ahora más suave, casi comprensiva—. Hay indicios muy fuertes de que fue envenenada. Posiblemente por uno de sus compañeros de estudio.
La habitación comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Mi hija, ¿envenenada? Era absurdo, imposible. Los médicos habían dicho que fue una infección fulminante, algo raro pero natural. Una tragedia médica, no un crimen. Pero la palabra “envenenada” se clavó en mi cerebro como un anzuelo en la carne tierna de un pez, y supe que jamás podría desprendérmela.
—Eso no puede ser cierto —logré articular mientras un amasijo de ácido me subía por la garganta—. Los médicos... ellos dijeron...
—Los médicos diagnosticaron lo que podían ver —me interrumpió María—. Este veneno imita perfectamente los síntomas de ciertas infecciones. Fue desarrollado específicamente para eso: para matar sin dejar rastro. Sin que nadie sospeche.
La náusea me invadió con tal fuerza que tuve que agarrarme a la silla para no caerme. Diecisiete años. Diecisiete malditos años viviendo con la idea de que fue mala suerte, un capricho del destino, una lotería genética macabra. Y ahora, esta revelación: alguien le había arrebatado la vida deliberadamente a mi niña. La había asesinado con premeditación mientras yo estaba ocupado aceptando la arbitrariedad del universo como un buen estoico de pacotilla.
—¿Quién? —pregunté, mi voz apenas un susurro ronco que no reconocí como mía.
María negó con la cabeza.
—Los recuerdos no son concluyentes sobre la identidad. Solo hay sospechas, teorías del profesor. Él creía que podía haber sido alguien del círculo cercano de Clara, pero nunca tuvo pruebas definitivas.
Mi mente volaba a toda velocidad por rutas peligrosas. ¿Por qué María me estaba contando esto? No era común que los escribas compartieran información de las transcripciones, especialmente cuando era tan personal. Había protocolos, procedimientos, muros burocráticos diseñados específicamente para evitar que sucediera exactamente lo que estaba pasando en ese momento. Y entonces lo entendí. Esta información no podía ser compartida oficialmente. María estaba rompiendo las reglas al contármelo. La “Veritas Purissima” tenía sus límites, aparentemente, y esos límites se encontraban exactamente donde ella decidía colocarlos.
—¿Por qué me dices esto? —pregunté, la sospecha filtrándose en mi voz como humedad en un sótano—. Va contra los protocolos.
María sostuvo mi mirada por lo que pareció una eternidad, como si estuviera evaluando hasta qué punto podía confiar en mí, o quizás calculando cuánto podría manipularme.
—Me estás siendo discreto con cierto tema y creo que mereces saber —dijo finalmente—. Un padre tiene derecho a saberlo todo sobre lo que le pasó a su hija. Absolutamente todo. Incluso si para obtener más respuestas tiene que... explorar opciones poco convencionales.
La ambigüedad de su respuesta era tan deliberada como reveladora. No estaba simplemente informándome; estaba sugiriendo algo. ¿Me están comprando? ¿Acaso ella sabía sobre...?
—Todos tenemos carpetas rojas en nuestras vidas, Pablo —añadió, con una sonrisa enigmática que hizo que mi sangre se congelara—. Decisiones que no deberíamos tomar, conocimientos que no deberíamos usar. La diferencia está en lo que hacemos con ellas.
En ese momento, la metáfora fue tan obvia que casi me reí. Una risa que habría sido más un ladrido de histeria que una expresión de humor. Ahora entiendo por qué me llegó este caso. Ella sabía. Sabía de la carpeta roja, sabía del viajero temporal, sabía de mis intenciones apenas formadas. Quizás incluso la había escondido ella misma para garantizar esta conversación, para asegurarse de que yo estuviera lo suficientemente desesperado como para escuchar lo que tenía que decirme.
—Si hay algo más que necesites para tu investigación de los libros vacíos —dijo, regresando a su silla en un movimiento fluido que pareció comprimir el espacio—, no dudes en pedírmelo.
El cambio de tema era tan abrupto que casi resultaba cómico. Volvíamos a la fachada, a la normalidad institucional, como si no hubiéramos estado discutiendo la ruptura fundamental del continuo espacio-temporal.
Mensajes dentro de mensajes. Capas sobre capas de significado. “No dudes en pedírmelo” traducido del burócrata al humano: “Ya sé que tienes la carpeta, ya sé lo que planeas hacer, y estoy ofreciéndote apoyo institucional sin decirlo explícitamente”.
O quizás simplemente estaba perdiendo la cordura, interpretando conspiraciones en el equivalente burocrático de “que tengas un buen día”.
—Por supuesto —respondí automáticamente, levantándome con la torpeza de quien ha olvidado cómo funcionan sus extremidades—. Gracias por la... información.
Mientras me dirigía a la puerta, sentí su voz a mis espaldas, suave como terciopelo y afilada como una navaja:
—Pablo, recuerda que la verdad siempre encuentra un camino y cuando veas a Navarro, dale un gran abrazo de mi parte. Algunos secretos deberían permanecer en la tumba, incluso en nuestra era de verdades impuestas.
Hizo una pausa, como recordando algo importante.
—Y cuidado, no te golpees la cabeza.
Y ahí estaba. La confirmación de que no era paranoia, sino algo mucho más aterrador: conocimiento. María no solo sabía de la carpeta y del dispositivo; sabía que viajaría. Sabía que me encontraría con Navarro. Me estaba dando instrucciones para un viaje que yo aún no había decidido emprender, pero que, aparentemente, ya formaba parte de un pasado que ella conocía.
El vértigo temporal me golpeó con más fuerza que cualquier sustancia química. Si María conocía mi viaje antes de que ocurriera, la línea entre causa y consecuencia ya no existía.
Y, sin embargo, nada de esto parecía un accidente. El cadáver con conocimientos sobre viajes temporales había terminado exactamente en mi mesa, y no por azar. Entre miles de escribas, el único con una hija muerta fue asignado al único muerto que sabía cómo resucitarla. La causalidad no se retorcía: obedecía.
Alguien había orquestado esta sinfonía de coincidencias imposibles con precisión de relojero. Todo apuntaba hacia el séptimo piso, hacia una mujer con una sonrisa capaz de congelar helio líquido.
María no me asignó ese expediente por confianza, sino por conveniencia. Tal vez necesitaba cubrir el trámite, mantener la apariencia de que investigaba mientras encargaba el caso a alguien demasiado predecible para llegar demasiado lejos. Un escriba agotado, sin fe ni margen de error.
Si ese era el plan, funcionó. Cumplo el protocolo con la devoción de un creyente… solo que ya no sé en qué credo.
Salí de su oficina con las piernas temblorosas, la mente un torbellino de sospechas. María podía ser parte de algo mayor, o quizá solo otra alma fracturada intentando ayudar de la única forma que sabía: manipulando. Tal vez no haya diferencia.
Mientras caminaba por los pasillos de la Gran Biblioteca, sentía como si cada libro a mi alrededor me observara con sus portadas como ojos juzgadores. Miles de muertos, sus secretos expuestos, y ninguno de ellos había podido hacer nada para evitarlo. Igual que yo no había podido hacer nada para salvar a Clara.
Pero ahora... ahora quizás podía.
Mi hija. Envenenada. No una enfermedad, no un capricho del destino. Un acto deliberado, calculado, malévolo. La idea me quemaba por dentro como ácido sulfúrico, disolviendo lo que quedaba de mi resignación. Porque la resignación, esa pálida virtud que había cultivado durante diecisiete años, solo funciona cuando crees que te enfrentas a lo inevitable. Pero esto no era inevitable. Esto era un crimen. Y los crímenes, a diferencia de las tragedias naturales, se pueden prevenir.
Si construía esa máquina, si viajaba, podría verla una última vez. Podría advertirle. Podría salvarla. Y después... bueno, después no importaba lo que pasara conmigo. La entropía molecular nunca me había parecido un precio tan razonable.
Porque María tenía razón en lo fundamental: no había límite para lo que yo haría por Clara. Ni siquiera la barrera del tiempo.
Repasaba la escena con renovada sospecha. Su sonrisa calculada, esa postura perfectamente ensayada, la manera en que sus dedos acariciaban distraídamente el zafiro de su anillo mientras me observaba. Todo había estado cuidadosamente coreografiado para ese momento. Un depredador no muestra sus garras hasta que la presa está acorralada.
¿La carpeta? Tenía que ser eso. Mi pequeño secreto escarlata que, aparentemente, no era tan secreto después de todo. Pero, ¿por qué no mencionarlo directamente? ¿A qué estaba jugando María con este ballet de insinuaciones y medias verdades? Si tenía la carpeta, si conocía el dispositivo, ¿por qué mantener esta farsa de ignorancia selectiva? Algo no encajaba en este rompecabezas burocrático, y me aterraba pensar qué pieza estaba faltando.
Quizás esta era la verdadera prueba: no si yo construiría la máquina, sino cómo reaccionaría ante la posibilidad. Un experimento social macabro con mi dolor como variable principal. “Veamos qué hace un padre destrozado cuando le ofrecemos la oportunidad de alterar el curso de la tragedia que lo definió”. La Gran Biblioteca convertida en laboratorio psicológico, y yo, el ratón desesperado corriendo por el laberinto del tiempo. O tal vez era algo peor: quizás María necesitaba que yo viajara. Quizás yo era solo un peón en un juego de ajedrez temporal cuyas reglas desconocía completamente. Mi tragedia personal, el combustible perfecto para impulsar una decisión que ya estaba escrita en algún libro que aún no había sido transcrito.
La paranoia, esa compañera fiel de todos los que trabajamos rodeados de secretos ajenos, me susurraba sus teorías cada vez más delirantes. Pero en un mundo donde extraemos la verdad de los cerebros de los muertos, ¿qué teoría es realmente demasiado descabellada para ser cierta?
El pasillo de la Gran Biblioteca se hacía eterno como una garganta infinita, lista para tragarme entero. Mientras avanzaba por él, una certeza se instalaba en mi mente con la pesada contundencia de lo inevitable: ya no se trataba de si viajaría al pasado, sino de cuándo. Y en algún momento del futuro pasado, un profesor llamado Navarro me estaría esperando, con revelaciones que podrían salvar a Clara... o destruirnos a todos.
Los romanos, con su infinita sabiduría pomposa, tenían una expresión para este tipo de maniobras: quid pro quo. Algo por algo. Solo que yo aún no sabía qué era ese “algo”.
María jugaba una partida cuyos movimientos apenas intuía. Yo solo era la pieza que creía avanzar por voluntad propia.
La elegancia de la transacción en su brutal simplicidad. Como si el dolor de un padre pudiera cuantificarse, empaquetarse y cambiarse por datos clasificados en una feria de trueque metafísica. De todas formas, si me están moviendo por el tablero, al menos tendré el consuelo de saber que voy a morir de cualquier manera si viajo. Qué democrático por parte del universo: en la muerte, todos los peones y todas las reinas se guardan en la misma caja. Y más importante aún, mientras todas estas teorías conspirativas bailaban un vals demente en mi cabeza: ¿dónde demonios estaba mi carpeta roja? Ese repositorio de conocimiento prohibido, esa llave a un pasado que aún no había visitado, ese manual de instrucciones para mi propio funeral programado.
Cuando finalmente llegué a mi despacho, la realidad me abofeteó con la elegancia brutal de un verdugo experimentado. Allí, sobre mi escritorio —el mismo que había revisado obsesivamente esta mañana—, descansaba la carpeta roja. Y no estaba sola. Como si el universo quisiera asegurarse de que captaba el mensaje, junto a ella reposaba el libro de Clara. Ese volumen que llevaba diecisiete años evitando como un alcohólico evita mirar su reflejo en el espejo.
La sincronización era perfecta. Esta mañana no hay rastro de la carpeta; tengo una reunión con María donde “casualmente” menciona el envenenamiento de mi hija; regreso a mi oficina y —¡sorpresa!— encuentro la carpeta roja haciendo migas con el libro que contiene cada pensamiento privado de Clara.
María. Claro que era ella. Esa maniobra era inconfundiblemente suya. Sutil como una bomba nuclear, pero con la firma de quien sabe exactamente qué hacer y cuándo. Me dejé caer en la silla como un saco de patatas podridas. El mensaje era cristalino incluso para un idiota farmacológicamente aturdido como yo: “Sé lo que planeas, Pablo. Y no solo no voy a detenerte, sino que te estoy dando el empujón que necesitas”.
Toqué la carpeta roja primero, y luego, con una vacilación casi reverencial, mis dedos se deslizaron hacia el lomo del libro de Clara. “Clara M., 2013-2032”. Diecinueve años resumidos en papel y tinta. Toda una vida condensada en un volumen que pesaba menos que mi culpa.
¿Debería leerlo? ¿Merecía conocer sus secretos antes de lanzarme a esta cruzada suicida? ¿O sería una intrusión final, el último acto egoísta de un padre que ya había fallado en lo fundamental?
“Está bien, María”, murmuré al vacío de mi oficina. “Acepto tu invitación a jugar. Moviste tu reina; ahora mueve el peón, aunque sea directamente hacia el abismo”.
El juego estaba en marcha. Esa danza macabra entre mi superiora y yo había comenzado hace más de una década, cuando me reclutó de entre las ruinas humeantes de mi vida anterior. Y ahora llegábamos al movimiento final, al jaque mate que ambos, por razones que sólo podía intuir, parecíamos desear. Mi mano acarició la portada del libro sin abrirlo. No. Si iba a hacer esto —y la decisión ya estaba tomada, aunque mi cerebro aún fingiera una deliberación inexistente—, lo haría respetando al menos esta última frontera. El libro permanecerá cerrado.
Estaba dispuesto a violar las leyes fundamentales del universo, a desintegrar mi propio cuerpo molécula a molécula, pero no me atrevía a leer los pensamientos de mi hija. Qué extraña brújula moral la mía, que señala en todas direcciones excepto hacia el norte.
Abrí la carpeta roja, sus contenidos ya son tan familiares que podría recitarlos en mi próximo coma etílico. Construir la máquina me llevaría tres días. Lo verdaderamente complicado era aceptar el precio: siete horas en el pasado, con Clara, antes de que mi cuerpo comenzara a descomponerse como un helado bajo el sol implacable del Sáhara.
Siete horas. Cuatrocientos veinte minutos para encontrar al asesino, advertir a Clara, cambiar el destino. Un suicidio tecnológico con fecha de caducidad incorporada.
Y si mi intervención desencadena un efecto mariposa que destruye civilizaciones enteras, que así sea.
A mí ya no me importa. ¿Qué padre digno de ese nombre no daría todo —absolutamente todo— por su hija, incluso a costa del universo?
Si salvar a Clara significa romper el equilibrio del tiempo, firmaré ese contrato sin pestañear. El precio es irrelevante. El delito, inevitable. La decisión, ya tomada.
Qué deliciosamente egoísta por mi parte. Y qué absolutamente correcto. La partida está en marcha: coronación o sacrificio, ya no hay retorno. Ya no se trata solo de verla una última vez, de tener la despedida que nunca tuve. Se trata de justicia, de verdad. Qué ironía —yo, guardián de la Veritas Purissima, viviendo una mentira durante diecisiete años.
¿Qué me retiene aquí? ¿Un trabajo transcribiendo las miserias ajenas? ¿Un apartamento vacío? ¿Una rutina farmacológica que me mantiene funcionando sin vivir?
Viajaré al pasado. Descubriré quién envenenó a mi hija y por qué. Y luego aceptaré lo que venga, sin queja ni perdón. Pasé mi vida preservando las verdades de los muertos; ahora me convertiré en uno de ellos para descubrir la única que importa.
Si existe una justicia poética en este universo, debe estar riéndose a carcajadas.
continuará…
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¡La semana que viene continuamos!


