Bullpen #72. La Gran Biblioteca de la Verdad, Capítulo 4, parte 1.
Nueva entrega, el viaje al pasado empieza a cobrarse su precio.
Nos acercamos al final del relato — sin duda, la parte más difícil de escribir. ¿Está a la altura? ¿Se queda corta? Como siempre, todos los comentarios son bienvenidos.
Por cierto, antes de seguir me gustaría que contestases esta encuesta que me ayudaría muchísimo. Se sincero por favor.
Te dejo enlace a los capítulos anteriores por si quieres leer, repasar o compartir.
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Anteriormente en La Gran Biblioteca de la Verdad
Pablo, escriba de nivel siete, investiga en secreto una red de falsificación de recuerdos dentro de la Biblioteca, mientras oculta su propio secreto: un expediente imposible, el 300/874, que contiene los planos de una máquina del tiempo y la promesa de siete horas con Clara, su hija muerta.
María, la directora general, lo convoca con una noticia que lo destroza: Clara no murió por causas naturales. Fue envenenada. El profesor Navarro —fallecido hace semanas— guardaba recuerdos de conversaciones con Pablo que este jura no haber tenido. María habla en acertijos, sugiere que ya conoce la carpeta roja y el viaje que Pablo aún no ha decidido emprender.
De vuelta en su despacho, Pablo encuentra la carpeta roja sobre su escritorio, junto al libro de Clara. Ya no hay vuelta atrás: construirá la máquina, viajará al pasado y buscará al asesino de su hija, sin importar el precio.
Capítulo 4
Siempre imaginé que viajar en el tiempo implicaría alguna clase de espectáculo visual digno de película de ciencia ficción: luces espectaculares, efectos dramáticos, algo que justificara el momento histórico. Hollywood nos ha condicionado a esperar pirotecnia cósmica. Qué decepción descubrir que la realidad, como siempre, resulta mucho más mediocre y nauseabunda que nuestras fantasías cinematográficas. Activar el dispositivo fue como abrir las compuertas de una presa emocional. En lugar de un viaje físico, sentí cómo mi cerebro se convertía en un vertedero neuronal donde cada recuerdo relacionado con Clara caía de golpe, sin orden ni concierto. Fragmentos de su risa, secuencias aleatorias de cumpleaños, discusiones adolescentes, momentos insignificantes que había olvidado y traumas que había intentado sepultar bajo toneladas de trabajo y productos farmacológicos.
Mareado y desorientado, con las piernas inestables y enfermamente consciente del reloj interno que ya había comenzado su cuenta atrás hacia mi inevitable desintegración molecular, me encontré tambaleándome por el parque donde tantas veces había llevado a Clara cuando era pequeña. En mi aturdimiento temporal, no calculé bien la distancia hasta un banco aparentemente inofensivo y me estrellé contra él con la elegancia de un turista borracho. El golpe me abrió una brecha en la frente que comenzó a sangrar con entusiasmo—ah, pensé mientras me limpiaba la sangre con la manga, así que aquí se originaría la cicatriz que había mencionado María. Los bucles temporales cerrándose con precisión mecánica.
El mismo parque donde ahora, en este tiempo robado, ella caminaba regularmente para ir a la universidad. El sarcasmo del universo nunca descansa: empezaría y terminaría mi vida como padre en el mismo lugar, separados por media vida y una tragedia que aún esperaba prevenir. Cada segundo que pasaba era un latido menos en mi existencia prestada, un instante menos para ver a Clara antes de que mi cuerpo decidiera rendirse definitivamente.
Siete malditas horas para despedirme de todo lo que había sido Pablo, archivista profesional y padre amateur. Quien me lo hubiera dicho hace una década: que terminaría mis días con un cronómetro corriendo hacia cero, midiendo no los minutos hasta el almuerzo o la jubilación, sino hasta mi desintegración molecular programada. Siete horas para ser padre una última vez, para sostener su mano pequeña, para escuchar su risa—esa risa que había alimentado mis pesadillas casi veinte años porque ya no podía recordarla con claridad. Eso, claro está, si realmente fuera ese el tiempo concedido. Los científicos temporales, con su habitual precisión suiza, habían sido muy específicos sobre el “aproximadamente” en sus cálculos. Podían ser seis horas y cincuenta minutos o un poco menos. No pensaba regalarle ni un segundo al jodido universo; si este cosmos de mierda quería llevarse mi vida, que se la ganara completa. Cada minuto con Clara sería un acto de rebeldía contra la física cuántica.
¿Valía la pena? Por esos ojos que se iluminaban cada vez que yo llegaba del trabajo, por esa vocecita que me decía “papá” como si fuera la palabra más importante del universo... Por supuesto que valía la pena. El tiempo puede ser un tirano despiadado, pero por primera vez en diecisiete años, yo tenía algo que él quería más que lo que él me podía quitar.
Qué deliciosamente irónico: empleé quince años transcribiendo los pensamientos finales de miles de muertos, y ahora aquí estoy, con mi propia muerte programada, intentando aprovechar el tiempo como un turista que tiene solo una tarde en París. La diferencia es que los turistas vuelven a casa con souvenirs baratos; yo volveré dejando un cadáver que no será bonito. No podía permitir que la desesperación me controlara. Mi única ventaja era la planificación, esa habilidad burocrática que perfeccioné catalogando tragedias ajenas con etiquetas y números de serie. Tenía que hacer que estas últimas horas contaran más que las décadas de existencia vacía que había vivido desde su muerte.
Seis horas y cuarenta y tres minutos. Bueno, ya serían menos. El contador mental seguía corriendo, pero mi aspecto no suponía un problema en aquel campus universitario. De hecho, hacía años que había dejado de preocuparme por semejantes trivialidades—cuando sabes que tienes fecha de caducidad, la vanidad se convierte en un lujo innecesario. Un hombre mayor, desaliñado, con ojeras que podrían figurar en un atlas geográfico como depresiones tectónicas menores y temblores ocasionales podía pasar perfectamente por un profesor con tendencias etílicas o, siendo caritativos, por un intelectual excéntrico atrapado en la espiral de un bloqueo creativo existencial. La universidad siempre ha sido un santuario acogedor para los inadaptados funcionales, donde nadie se molesta en preguntar si alguien necesita agua. Seis horas y cuarenta minutos. Otro académico deprimido con aspecto de no haberse cambiado los calcetines desde la administración anterior no llamaría la atención. Perfecto camuflaje para un hombre muerto que camina.
Mi plan era simple, casi insultantemente simple para alguien que había pasado más de una década organizando las complejidades de vidas ajenas en párrafos numerados. Localizar a Clara, seguirla con la discreción de un detective privado de película de los años cuarenta , identificar cualquier amenaza, y si las estrellas se alineaban y el universo decidía comportarse como un caballero por una vez, descubrir quién o qué la había conducido a su muerte prematura. No esperaba un cartel de neón parpadeando “ASESINO AQUÍ” con una flecha señalando convenientemente hacia el culpable—el cosmos nunca ha sido tan considerado con la señalización—, pero quizás, solo quizás, podría detectar alguna pista, algún patrón que me hubiera pasado desapercibido diecisiete años atrás cuando estaba demasiado ocupado interpretando el papel de padre destrozado para el público de una sola persona: yo mismo. Y si mi pequeña intervención temporal creaba algún problema con el universo... bueno, tampoco creía que esto fuera a colapsarlo. Después de todo, sabía con certeza que otro ya había viajado antes que yo. Mi prioridad solo era una: salvar a Clara. Ya había asumido que de aquí no saldría con vida—esa decisión la tomé en el momento que activé el dispositivo temporal. Si el cosmos tenía quejas al respecto, que rellenara el formulario correspondiente y lo entregara en la oficina de atención temporal—asumo que debe existir alguna, en algún lugar del multiverso burocrático.
Quizás me habría venido bien leer su biografía completa antes de embarcarme en esta misión suicida con pretensiones heroicas. Durante años, ese archivo había permanecido intacto en mi terminal, esperando como un regalo de cumpleaños que nunca tuve valor de abrir. El dolor me lo había impedido, pero ahora, con el cerebro despejado por la inminencia de mi propia muerte, debería haber sido más listo. Conocer cada detalle de sus últimas semanas, cada patrón, cada encuentro casual que podría haber sido el detonante de su destino. Pero no, había preferido llegar a ciegas, armado únicamente con recuerdos de diecisiete años atrás y una determinación paternal que, por muy noble que fuera, no compensaba la falta de información estratégica. Está claro que no me caracterizo por hacer las cosas bien. Vaya vida la mía. Pero no es momento de lamentaciones: tengo una misión. Y si voy a fracasar espectacularmente —que es mi especialidad—, al menos que sea por una causa que importe.
Estaba claro que no tengo madera de héroe que se las arregla para salvar el día en el último momento. Bueno, ni de héroe en general. Solo de padre. Un padre desesperado con fecha de caducidad incluida y una planificación que haría sonrojar a un adolescente organizando su primera cita. Luego, cuando tuviera algo concreto—si es que lograba detectar alguna pista antes de que mi cuerpo decidiera disolverse como una aspirina en agua—, me acercaría a ella. Le contaría una versión de la verdad lo suficientemente creíble para que se alejara del peligro, pero no tan descabellada como para que llamara a seguridad del campus y terminara mi noble misión en el ala psiquiátrica de algún hospital.
“Hola, soy tu padre venido del futuro para avisarte que morirás en menos de tres meses” no suele ser una frase que inspire confianza inmediata, a menos que tu hija sea aficionada a películas de ciencia ficción de presupuesto inexistente y protagonistas con serios problemas de credibilidad. Y si todo fallaba, siempre quedaba la opción del caos controlado: crear una distracción tan monumental que obligara a Clara a cambiar sus planes, sus rutinas, su vida. Un incendio pequeño, una falsa amenaza, un escándalo académico... algo lo suficientemente significativo para alterar su curso pero no lo bastante grave como para que acabara en prisión durante mis últimas horas de vida. Aunque, siendo justos, ¿qué podrían hacerme? ¿Cadena perpetua? Mi sentencia de muerte ya venía incorporada con el viaje.
El tiempo corría. Seis horas y diez minutos. Mi cuerpo ya protestaba con dolores fantasma, señales tempranas del deterioro que pronto me consumiría. Pero eso no importaba. Nada importaba excepto ella. Mi pequeña Clara, ajena al destino que le esperaba, ajena a que su padre ya la había llorado durante muchos años, ajena a que el mismo hombre que le había enseñado a montar en bicicleta ahora la observaba desde las sombras, como un fantasma que se había adelantado a su propia muerte. Con mi corazón latiendo dolorosamente contra mis costillas, ajusté mi reloj. Casi seis horas para salvar una vida. Mi último acto como padre. Mi redención o mi fracaso final.
Necesitaba información antes de abordarla. No podía simplemente acercarme y decir: “Hola, soy tu padre pero muchos años mayor y estoy aquí para salvarte de un envenenamiento que aún no ha ocurrido”. Las estadísticas sobre padres que abordan así a sus hijas en campus universitarios suelen terminar con intervención de seguridad y órdenes de alejamiento. Recordé entonces lo que me había dicho María sobre Navarro. El profesor que, aparentemente, me había conocido antes de que yo lo conociera a él—otro jodido bucle temporal que hacía que mi cerebro protestara con la dignidad ofendida de un funcionario británico ante una violación flagrante de toda lógica causal.
Qué oportuna había sido María al mencionarlo, como si el universo hubiera decidido por una vez ser considerado con la señalización de sus paradojas. Probablemente debería agradecérselo cuando regresara... bueno, si es que regresaba, lo cual era estadísticamente improbable pero no imposible. Quizás podría enviarle una postal desde el más allá: “Querida María, gracias por la pista temporal. El clima aquí es inexistente. Saludos, tu archivista favorito desintegrado molecularmente.”
Cinco horas y cuarenta y dos minutos. El tiempo suficiente para encontrar a este Navarro y preguntarle qué diablos sabía sobre mi futuro que yo mismo desconocía. Una conversación que prometía ser tan cómoda como explicarle a tu dentista por qué no has usado hilo dental en seis meses. El edificio de Humanidades se alzaba a mi derecha como un monolito de pretensión académica y sueldos mediocres. Si recordaba correctamente, allí tenía Clara sus clases de Literatura Comparada, la especialidad que había elegido con tanta pasión y que nunca llegaría a terminar. También era donde deberían estar las oficinas de los profesores. Mi primer objetivo: encontrar a Navarro.
Con una eficiencia que sorprendería a mis supervisores de la Gran Biblioteca—esos mismos que consideran que rellenar un formulario por triplicado es una innovación revolucionaria—, localicé la oficina del profesor en menos de quince minutos. Una placa metálica identificaba el cubículo 307 como su territorio: “Prof. Luis Navarro, Ph.D.”. Por supuesto que había incluido el “Ph.D.” en la placa. Los académicos y su patológica necesidad de recordarnos constantemente sus credenciales.
Golpeé la puerta con los nudillos, tres toques secos. No había tiempo para vacilaciones.
—Adelante —respondió una voz masculina desde el interior.
Navarro resultó ser exactamente como esperaba: barba recortada con precisión milimétrica, gafas de montura pesada que gritaban “intelectual”, y una chaqueta de tweed con parches en los codos que parecía diseñada específicamente para cumplir con el estereotipo del profesor universitario. Como si hubiera salido de un catálogo titulado “Figuras Académicas Genéricas, Volumen 3: El Humanista Pretencioso”.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó, con esa cortesía profesional que los académicos reservan para desconocidos que interrumpen su sagrada comunión con las pilas de ensayos mediocres. Sus ojos no mostraban el menor rastro de reconocimiento, lo cual era tranquilizador, considerando que según María yo debería resultarle familiar. Claramente, este Navarro no tenía ni la más remota idea de quién era yo, algo que en circunstancias normales habría herido mi ego patéticamente inflado, pero que en ese momento era exactamente lo que necesitaba. Los papeles que tenía delante —ensayos sobre la influencia de Borges en la narrativa posmoderna, sin duda— parecían más interesantes que mi presencia, lo cual decía mucho sobre la calidad de los trabajos estudiantiles o muy poco sobre mi carisma personal.
—Profesor Navarro, estoy buscando a Clara Martín —dije, optando por la aproximación directa que tanto me había funcionado en mi carrera como escriba—. ¿Podría ayudarme a localizarla?
—¿Clara? —Sus ojos se iluminaron con esa chispa que los profesores reservan para sus estudiantes favoritos—. Una estudiante brillante, realmente excepcional.
Se colocó mejor las gafas, pero entonces frunció el ceño al notar algo en mi rostro.
—Disculpe, pero tiene usted una herida que está sangrando —dijo, señalando hacia mi frente con genuina preocupación—. ¿Le ofrezco un pañuelo?
Maldita sea. Mi mano voló instintivamente hacia la cicatriz. Los efectos del viaje temporal eran aparentemente más pintorescos de lo que había anticipado: no solo me estaba muriendo célula a célula, sino que además las heridas mal cerradas decidían abrirse en los momentos más inoportunos. Qué detalle tan considerado del universo.
—Muy amable de su parte —murmuré, aceptando el pañuelo de lino que me tendía. La cortesía genuina del gesto me desarmó por completo. Este hombre no era el maquiavélico manipulador que María había insinuado, sino simplemente un profesor decente preocupado por un desconocido que sangraba en su oficina.
Mientras presionaba el tejido contra la herida, tomé una decisión. Si este Navarro era realmente una buena persona, quizás podría ayudarme sin necesidad de elaboradas mentiras o manipulaciones temporales.
—¿Podría decirme qué clase tiene Clara ahora y dónde se encuentra? —pregunté, añadiendo después de una pausa calculada—: Soy su padre.
La sorpresa genuina que cruzó por sus facciones me confirmó que, efectivamente, este hombre no tenía ni idea de quién era yo. Las líneas temporales seguían siendo un lío, pero al menos algunas personas permanecían felizmente ajenas de mi existencia interdimensional.
Aunque, ahora que lo tenía delante, su cara me sonaba más de lo que debería. No de los trámites tras la muerte de Clara: de algo más difuso, como una conversación que todavía no había ocurrido. Quizás Navarro y yo habíamos hablado más veces de las que ninguno de los dos podía recordar. O de las que yo había vivido aún. Los tiempos verbales son lo primero que se pierde en este oficio de morirse a destiempo.
Navarro consultó su reloj, ese gesto universal de “tengo cosas mejores que hacer”.
—Debería estar saliendo de su clase de Física moderna en el edificio principal, aula 203. Si me disculpa, tengo una reunión de departamento en diez minutos.
Le agradecí escuetamente y salí de su oficina, frustrado por haber desperdiciado tiempo valioso. El encuentro no había aportado nada útil. Era evidente que María, con sus medias verdades y sus manipulaciones, me había enviado tras una pista falsa. O quizás, lo que era aún más perturbador, las líneas temporales estaban cambiando, y este Navarro no era el mismo que supuestamente me había conocido en otro bucle temporal.
El aula 203 estaba en el segundo piso. Me aposté en un rincón del pasillo, desde donde podía observar la puerta sin ser inmediatamente visible. Estudiantes entraban y salían de otras aulas, mirándome ocasionalmente con esa curiosidad desinteresada tan propia de la juventud. Nadie me cuestionó; otro recordatorio de lo invisibles que nos volvemos a cierta edad, una ventaja que nunca había apreciado hasta ese momento.
La puerta del aula 203 se abrió finalmente, liberando el torrente habitual de juventud académica. Estudiantes comenzaron a salir en grupos, discutiendo animadamente sobre mecánica cuántica y relatividad especial, conceptos que yo había aprendido solo en la superficie mientras procesaba las mentes de físicos muertos, sus voces llenando el pasillo con esa energía que solo poseen quienes aún creen que la ciencia puede explicar todos los misterios del universo.
Debía ser sutil. Cuidadoso. El efecto mariposa era una puta realidad, y cada acción que tomara podría desencadenar consecuencias impredecibles. Quizás lo mejor sería dejar una nota anónima, algo discreto que la pusiera en guardia sin alterar demasiado el curso de los eventos. Pero ¿qué diablos podría escribir? “Alguien quiere matarte” sonaba a amenaza de loco y la enviaría corriendo directamente a seguridad del campus. “Ten cuidado esta noche” era tan vago que resultaría inútil. “No confíes en nadie” la convertiría en una paranoica, lo cual técnicamente podría salvarle la vida, pero también arruinaría todas sus relaciones futuras. ¿Cómo se le dice a alguien que va a morir sin sonar como el típico perturbado que acecha estudiantes universitarias? Era un problema de comunicación fascinante, realmente, el tipo de dilema que habría disfrutado analizando en circunstancias menos desesperantes.
Miré mi reloj. Cuatro horas y cincuenta y cinco minutos. El tiempo se escurría como arena entre mis dedos mientras yo seguía paralizado por la indecisión académica.
Y entonces la vi.
Clara.
continuará…
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