Bullpen #70. La Gran Biblioteca de la Verdad, Capítulo 3, parte 1.
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Seguimos…
Anteriormente en La Gran Biblioteca de la Verdad
Pablo es un escriba de nivel siete que procesa los recuerdos de los muertos. Lleva años medicándose para sobrellevar el duelo por su hija Clara. Un día le llega un expediente anómalo —el 300/874— que el sistema asegura que no existe. Al transcribirlo, descubre algo imposible: recuerdos de un futuro que aún no ha ocurrido. La conclusión es inevitable: el expediente pertenece a un viajero temporal que murió en el presente cargando memorias del porvenir.
El descubrimiento lo sacude. Por primera vez en años siente algo parecido a las ganas de vivir. Pero entre los recuerdos del viajero hay algo más: los planos para construir la máquina. Siete horas en el pasado. Cuatrocientos veinte minutos con Clara antes de desintegrarse. Pablo lleva tres semanas sin decidirse, con la carpeta roja bajo llave y las fórmulas tatuadas en la memoria.
Entonces aparece María, la directora general, con una misión urgente: alguien está falsificando los libros de la Biblioteca desde dentro, sustituyendo recuerdos reales por copias casi perfectas. El bibliotecario que lo descubrió ha desaparecido. María necesita a Pablo para investigarlo en secreto. Y mientras le habla, sus dedos juegan distraídamente con la carpeta roja.
seguimos…
Las últimas palabras me golpean como una bofetada. Falsificar el tiempo. Mi mano se mueve instintivamente hacia la carpeta roja. María no lo nota, perdida en sus propias preocupaciones. O finge no notarlo, que con ella nunca se sabe.
—Lo investigaré —aseguro, tratando de que mi voz suene más confiada de lo que me siento—. ¿Alguna directriz específica?
—No dejes rastro. No confíes en nadie —sus ojos se clavan en los míos—. Y pásame toda la información a mí primero.
Con esa advertencia críptica, se levanta en un solo movimiento fluido, alisando arrugas imaginarias de su uniforme. Antes de que pueda responder, ya está en la puerta. Se detiene un instante, y sin volverse, añade:
—Por cierto, esa carpeta roja... —mi corazón se detiene— ese tono específico solo se usa para material de máxima clasificación. Sería una lástima que alguien la confundiera con documentación rutinaria.
Y así, entre la amenaza y la complicidad, María desaparece, dejándome solo con el zumbido del sistema de ventilación y el peso aplastante de secretos que podrían destruir mundos.
Las preguntas se multiplican: ¿Y si este caso no me llegó por casualidad? ¿Y si María sabe sobre el viajero temporal? ¿Y si esta misión es una prueba para confirmar mi lealtad? ¿Y por qué está aquí, repartiendo pesquisas, con el cadáver de su padre aún caliente? ¿O peor aún, qué pasaría si los libros manipulados y el viaje temporal están conectados? Los casos los asigna un algoritmo, pero ¿y si ese algoritmo se llama María?
Contemplo la carpeta roja como quien mira un arma cargada. La tentación es ahora doble: usar el conocimiento para ver a Clara una última vez, o emplearlo para descubrir quién está reescribiendo el pasado. Dos formas distintas de traición, dos maneras diferentes de romper juramentos. La diferencia es que una serviría solo a mi dolor personal; la otra podría, irónicamente, proteger la integridad de una institución en la que cada día creo menos.
Qué jodida epifanía. La Gran Biblioteca, ese monumento a la verdad inquebrantable, ha sido corrompida. Si los poderosos pueden alterar los registros a su antojo, ¿qué sentido tiene mi sacrificio moral? ¿Por qué debería mantenerme incorruptible en un sistema que ya está podrido desde dentro? La pureza es un lujo que solo pueden permitirse quienes no han sufrido una pérdida como la mía. Si ellos juegan con las reglas, ¿por qué no podría yo hacer lo mismo? Podría guardar esta información prohibida no por traición, sino por equilibrio cósmico. Si ellos pueden falsificar la historia, quizás yo debería reservarme el derecho a quebrar la física. Justicia poética en su forma más retorcida.
“Falsificar el tiempo”, había dicho María. Qué perfecta descripción de lo que hacemos todos: los poderosos alterando libros, los escribas construyendo narrativas coherentes de caos neuronal, yo mismo fingiendo que mi vida no se detuvo el día que perdí a Clara. Todos falsificamos el tiempo a nuestra manera.
Vuelvo a guardar la carpeta, esta vez bajo llave. El cajón se cierra con el mismo clic definitivo que usa la máquina expendedora de café cuando se queda sin cambio: un sonido que promete finitud pero que nunca es tan definitivo como aparenta.
Como persona racional, sé que es un error. Como padre desesperado, tengo dudas. Como empleado de la Gran Biblioteca, me preocupa más bien que mi próxima evaluación de desempeño incluya la casilla “¿Ha violado las leyes fundamentales de la física este año?”Seguramente existe un protocolo en algún manual que prohíbe específicamente “la alteración no autorizada de secuencias temporales por parte de personal de nivel 7”. Violación del Reglamento 847-C, subsección “Paradojas y Procedimientos de Emergencia”.
Mientras vuelvo a huir de mi hija, me enfrentaré a este nuevo misterio. Es casi poético: cuando por fin decido no perturbar el pasado, el pasado se revela como algo que quizás nunca fue lo que creíamos.
Mi mente, ligeramente embotada por la medicación, ya traza planes, rutas de investigación, estrategias de verificación. Buscaré esos libros supuestamente alterados. Compararé textos, analizaré encuadernaciones, estudiaré tintas. Haré lo que mejor se me da: ser meticuloso hasta la obsesión, preciso hasta la neurosis, atento hasta la paranoia.
Porque si hay algo peor que una sociedad construida sobre la verdad forzada, es una donde incluso esa verdad forzada puede ser falsificada. La Gran Biblioteca se ha convertido, sin saberlo, en la guardiana de dos verdades imposibles: que el tiempo puede doblarse y que la verdad puede falsificarse. Qué deliciosamente absurdo.
Mañana comenzaré la búsqueda de esos libros manipulados. Mañana me convertiré en detective de una conspiración que probablemente terminará con un informe en triplicado que nadie leerá jamás. Mañana, como siempre, seguiré siendo un escriba de nivel siete con problemas de espalda y una adicción preocupante a los ansiolíticos, catalogando vidas ajenas mientras la mía se deteriora día a día.
Pero hoy, solo por hoy, me permitiré contemplar esa carpeta roja como quien observa un pastel de cumpleaños sabiendo que está a dieta. Pensaré en Clara, en su risa que sonaba como campanillas mal afinadas pero perfectas, en cómo dibujaba criaturas imposibles con la seriedad de un naturalista documentando especies extintas, en cómo el tiempo —ese funcionario cósmico que aparentemente acepta sobornos temporales— me la arrebató antes de que pudiera enseñarle que las facturas del gas siempre llegan los martes y que el amor es la única constante universal que no requiere ecuaciones.
¿En qué debería pensar con este descubrimiento? Probablemente en las implicaciones científicas, en el premio Nobel que esto representaría, en cómo cambiaría la comprensión humana del tiempo y la causalidad. Debería considerar las ramificaciones históricas, las aplicaciones tecnológicas, el potencial para revolucionar la civilización.
Yo solo pienso en Clara. En el poco tiempo que podría verla, en que finalmente podría hacer algo útil después de una carrera archivando tragedias ajenas. El riesgo de convertirme en el primer empleado cuyo expediente incluya “Desintegración molecular por viaje temporal no autorizado” bajo “Motivo de baja laboral” es considerable. Apago la lámpara y cierro el cajón, como si el gesto pudiera sellar también mi destino. No hay garantías de nada: no sé si la máquina funcionará, si llegaré a tiempo o si cambiar el pasado traerá consecuencias peores que su muerte. Lo único seguro es que moriré en el intento.
La carpeta permanecerá cerrada. Al menos por ahora.
Capítulo 3
Cuatro semanas después, la investigación sobre los libros vacíos ha resultado ser más profunda —y más peligrosa— de lo que esperaba. No se trata de simples errores de catalogación ni de descuidos administrativos. Son desapariciones con firma. Alguien ha reescrito secciones completas de ciertos volúmenes, borrando o alterando recuerdos con una precisión que solo puede provenir de los niveles más altos de la Biblioteca. No hablamos de vandalismo, sino de cirugía literaria.
María dirige la pesquisa con su habitual calma de mármol. A veces parece ansiosa por llegar a la verdad; otras, por sepultarla con la misma elegancia con que uno coloca flores sobre una tumba. La he visto revisar un expediente comprometedor y, al día siguiente, negar haberlo solicitado. No sé cuál de las dos Marías me inquieta más.
Las sospechas comenzaron meses antes de que ella me encargara el caso oficialmente —cuando aún eran solo rumores de pasillo—, cuando una serie de biografías de alto nivel comenzaron a mostrar lagunas. Ministros, científicos, sacerdotes del nuevo orden: años enteros desaparecidos, relaciones truncadas, confesiones suavizadas. En los registros digitales, todo estaba en orden; solo las copias físicas mostraban las heridas. Como si la verdad hubiera sido cuidadosamente editada por la misma institución que juró preservarla.
Los escribas jóvenes culpan a la humedad o al moho que se cuela entre las grietas del mármol. Los viejos, en cambio, reconocemos la mano humana cuando la vemos. Ningún hongo borra nombres con tanto tacto ni convierte un soborno en un acto de patriotismo.
Durante siglos se dijo que la mentira era la enfermedad original del ser humano. Pero el vacío —ese silencio deliberado— es peor. Es la mentira convertida en protocolo: un borrado que ni siquiera intenta engañar, solo imponer orden. Una lobotomía del pasado.
María lo sabe. Y lo tolera. O lo dirige. Empiezo a inclinarme por lo segundo.
Porque si los libros vacíos fueran una anomalía técnica, bastaría con repararla. Pero si son una orden, una política encubierta, entonces estamos ante algo más que un crimen contra la memoria: una amputación sistemática de la historia. Y nadie amputa sin un propósito.
Ahora entiendo por qué Guadalupo desapareció. O quizá lo hicieron desaparecer. En esta institución, las muertes suelen archivarse bajo la categoría de “relevos administrativos”. Una ironía que, en cierto modo, me libera.
Si la Gran Biblioteca —ese templo de la verdad inmutable— permite falsificar el pasado a conveniencia, ¿por qué debería sentir culpa por mi pequeña transgresión temporal?
Al menos mis motivos son honestos. Clara merece que alguien esté con ella en sus últimos minutos, aunque ese alguien sea su padre disfuncional armado con una máquina suicida.
La física tiene un sentido del humor deliciosamente perverso cuando se trata de romper sus propias reglas. Es como si el universo hubiera calibrado este proceso específicamente para que ningún acto de rebeldía temporal quede sin... documentar. Una muerte con ventana de oportunidad burocrática incluida. Qué considerado por parte del cosmos.
El chocolate se enfría en mi escritorio mientras contemplo, otra vez, los cálculos de distorsión temporal. Los números danzando ante mis ojos como bailarines borrachos en una pista improvisada. Mi cerebro, convierte esto en una especie de poesía mórbida: “Siete horas para ver a Clara, y luego... adiós, Pablo”. Qué poético. Shakespeare estaría orgulloso de esta tragedia moderna, o quizás solo se reiría en mi cara.
Mis colegas me saludan por los pasillos con esa indiferencia cortés tan característica de los escribas.
“Buenos días, Pablo. ¿Qué tal la Veritas Purissima hoy?”, preguntan.
Y yo respondo con el mismo entusiasmo de siempre:
“Oh, ya sabes, purísima como siempre.”
No sospechan que, bajo mi uniforme y mis modales de archivo, late un hombre contemplando romper la ley más fundamental del cosmos.
Lo peor de todo es que no puedo hablar de esto con nadie. Ni del viaje temporal, ni de la corrupción. ¿Quién está implicado? ¿Hasta dónde llega esta corrupción? ¿Dónde está Guadalupo? ¿María lo sabe y por eso me eligió para investigar, o ella también está comprometida? No tengo manera de saberlo sin revelar que poseo información que técnicamente debería haber reportado hace semanas. “Veritas Purissima”, ¿recuerdas? La verdad pura, inmaculada, inviolable. Qué montón de mierda pretenciosa. Trabajamos en una institución que hace autopsias mentales, pero dios nos libre de comentar lo que encontramos con un colega durante el almuerzo. Las contradicciones de nuestro sistema son absurdas hasta el ridículo.
Anoche soñé que activaba el dispositivo. La sensación fue tan vívida que me desperté empapado en sudor, con el corazón intentando escapar por mi garganta. Sentí el tirón del tiempo, ese vórtice imposible abriéndose bajo mis pies, arrastrándome hacia atrás, hacia ella. Hacia Clara. Y lo más perturbador no fue la física imposible o la inminente muerte. Fue la sonrisa en mi cara mientras caía. Esa expresión de pura liberación, como si morir fuera finalmente vivir. En el sueño, lograba encontrarla en el campus. La abrazaba como si de alguna manera eso la salvara. Solo la abrazaba más fuerte de lo normal, como si mi amor paternal fuera suficiente para protegerla de lo que venía. Después me alejaba, sabiendo que tenía horas para desintegrarme discretamente en algún lugar donde nadie pudiera encontrarme hasta que fuera demasiado tarde para preguntas incómodas. La máquina cabría en una maleta mediana. Nada de materiales exóticos de planetas distantes o elementos que sólo existen durante nanosegundos en aceleradores de partículas. Es casi insultante lo simple que resulta. Como si el universo dijera: “Mira, hasta un idiota como tú podría hacerlo. Pero recuerda: cambiar una sola conversación podría colapsar civilizaciones enteras. Sin presión.”
El chocolate ya está frío, intragable como mis pensamientos. Otro día perdido contemplando lo imposible mientras lo posible —mi trabajo actual, mi investigación sobre los libros vacíos— se marchita en un rincón del escritorio. Lo que he encontrado es peor de lo que imaginaba: las alteraciones no son errores ni sabotajes aislados. Afectan siempre a los mismos nombres, a las mismas familias, a los mismos apellidos que adornan las placas de los donantes en el vestíbulo. En la Gran Biblioteca también hay jerarquías: incluso la verdad tiene clases sociales. Lo que se suponía que nos haría iguales solo ha perfeccionado la desigualdad.
María lo sabe, o al menos lo intuye. La documentación sobre las alteraciones está en una carpeta roja —como le gusta a ella—, y cada vez que la veo en su escritorio me pregunto si la guarda para exponer a los culpables o para protegerlos.
Y tienen razón las sospechas que me asaltan. Mientras finjo indignación por la manipulación de la verdad ajena, estoy considerando la manipulación definitiva: quebrar el tiempo mismo para satisfacer mi dolor personal. Soy un hipócrita, pero ya me he acostumbrado. Forma parte de mi rutina diaria, junto con las pastillas y el remordimiento.
Cuando mi libro se escriba —ese expediente post mortem que todos tendremos eventualmente— me pregunto si el escriba asignado a mi caso se reirá al descubrir esta contradicción fundamental. ¿Anotará con ironía cómo el guardián de verdades ajenas fue incapaz de enfrentar la suya propia? ¿O simplemente bostezará, otra vida mediocre llena de autoengaños, nada especial, siguiente caso por favor?
Cierro la carpeta roja —la que me importa— con un suspiro que lleva el peso de años de ausencia. Mañana volveré a abrirla. Pasado mañana también. Y el día después. Una adicción meticulosamente planeada, un suicidio contemplado en cámara lenta. Al menos los adictos convencionales tienen la decencia de matarse con sustancias que producen algo de placer en el proceso. Yo elegí obsesionarme con ecuaciones de física teórica y la promesa de una muerte particularmente desagradable. Qué manera tan sofisticada de perder el tiempo, mientras el tiempo mismo me observa, probablemente riéndose a carcajadas de mi patética indecisión. “No voy a hacerlo, no voy a hacerlo”. Una decisión ya tomada, supuestamente irrevocable. Entonces, ¿por qué no puedo quitármela de la cabeza? ¿Por qué cada noche sueño con el mismo momento: activar la máquina, sentir el tirón del tiempo, y ver a Clara una última vez?
Debe existir alguna palabra en latín para esto, pienso con amarga ironía. Algún término pomposo y preciso como desiderium prohibitum o obsessio mortifera que los antiguos romanos habrían acuñado específicamente para describir la obsesión por algo que garantiza tu propia destrucción. Si no existe, deberíamos inventarla. Los burócratas adoran el latín; hace que las estupideces suenen solemnes.
Al día siguiente, mi rutina meticulosamente planificada se vio interrumpida por algo que me heló la sangre: la carpeta roja no estaba en el cajón. No la de los libros vacíos, sino la otra, la que nunca debería existir. Durante unos segundos pensé que era un simple despiste. Iba a registrar cada centímetro de mi oficina, revisar cajones, conductos de ventilación, incluso los bolsillos del abrigo, porque no podía creer que la carpeta se hubiera esfumado como si el propio tiempo la hubiera reclamado. Y entonces, como si el universo quisiera añadir una capa más a mi ansiedad, mi terminal emitió un pitido: María solicitaba mi presencia inmediata en su oficina. La coincidencia era demasiado perfecta para ser casual.
Cada paso por los pasillos de la Gran Biblioteca resonaba como un latido amplificado. No camino: marcho hacia mi juicio. Cada eco me recuerda que María sabe más de lo que aparenta. ¿Tenía ella la carpeta? ¿Sabía sobre el viajero temporal desde el principio? ¿Era esta una trampa elaborada para probar mi lealtad a la institución? La paranoia es una vieja amiga para quienes trabajamos transcribiendo los secretos más oscuros de la humanidad. Con el tiempo, aprendes que incluso las conspiraciones más descabelladas a veces se quedan cortas frente a la realidad.
Tomé tres respiraciones profundas antes de tocar su puerta. Relájate, Pablo. Probablemente sólo quiere un informe sobre la investigación de los libros. La carpeta está en algún lugar de tu desastre de oficina. Estás paranoico. Un poco más de lo habitual, pero nada grave.
Por primera vez en años, añoro estar colocado para esta conversación. Las pastillas no son solo para seguir funcionando día a día; a veces son imprescindibles para situaciones sociales que requieren fingir normalidad. Sin la química apropiada, mi ansiedad se vuelve tan evidente como una alarma de incendios en una biblioteca. Pero hoy necesito estar lúcido. Las mentiras requieren precisión. Completamente presente para cada matiz, cada pausa, cada mirada que podría revelar si María sabe más de lo que debería.
Golpeé la puerta con los nudillos.
—Adelante —su voz, tan controlada, no revelaba nada.
María estaba sentada tras su escritorio, impecable como de costumbre. Ni un solo cabello fuera de lugar, su uniforme gris sin una arruga, ese anillo con zafiro brillando desafiante ante el código de vestimenta. Sobre su escritorio, solo una taza de té y una tablet. Ni rastro de mi carpeta roja.
—Siéntate, Pablo —me indicó con un gesto—. Tenemos que hablar de algo importante.
Me hundí en la silla frente a ella, intentando mantener la compostura. Mis manos, ligeramente temblorosas por la falta de mi dosis matutina, se aferraron a los reposabrazos. ¿Por qué me mira como si supiera lo que le voy a decir?
—¿Cómo va la investigación sobre los libros vacíos? —preguntó, sus ojos estudiándome con esa intensidad que siempre me hacía sentir como un espécimen bajo un microscopio.
—Progresando —respondí, agradecido por el tema familiar—. He encontrado discrepancias en tres volúmenes más. Todos relacionados con figuras políticas de la anterior administración. Algunas alteraciones son sutiles, otras grotescas, pero todas innegables. Alguien está “limpiando” sistemáticamente ciertos eventos comprometedores.
María asintió, pero no parecía particularmente interesada en mi respuesta. Como si hubiera preguntado por cortesía, o quizás para establecer un punto de partida para lo que realmente quería discutir.
—Interesante —dijo finalmente -. Pero no es por eso que te he llamado, Pablo.
Mi corazón dio un vuelco. Aquí venía el golpe que había estado anticipando. Instintivamente, mi mano se dirigió al bolsillo donde guardo mi dosis diaria, pero se detuvo a medio camino. ¿Dónde diablos estaba mi pastilla de las once y cuarenta y dos? La rutina farmacológica es sagrada. Nunca, jamás, me salto una dosis. Son las 12:15 y mi química cerebral debería estar perfectamente calibrada, mi ansiedad domada, mis manos firmes. En cambio, siento ese temblor familiar comenzando en los dedos, esa acidez subiendo por la garganta que indica que mi armadura química se está desintegrando justo cuando más la necesito.
Mierda. La dejé en el escritorio. La única vez en años que olvido traerla encima es precisamente cuando María decide interrogarme sobre conspiraciones temporales.
Qué timing más deliciosamente perverso.
—Se trata de tu hija —soltó con la delicadeza de una guillotina.
continuará…
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¡La semana que viene continuamos!



